Julián y la enigmática mujer
— I —
A mi amigo Julián le pasan cosas de no creer. Hace unas semanas nos tomamos un café. Hacía más de cuatro meses que no lo cruzaba, desde que la exesposa Elena se suicidó tirándose al vacío del balcón de su departamento.
Le pregunté por el trabajo y se explayó contándome sobre sus últimos proyectos. Los que sintonizan su programa de radio a la noche le conocen bien la voz: un tono pausado y profundo con el que comparte poesías, relatos cortos de una sola hoja y sus mambos particulares sobre el universo. Todo desde una perspectiva anarquista.
Julián es un periodista brillante, crítico de teatro y un escritor recontra minucioso. Pero su verdadera obsesión, la que desliza entre línea y línea en cada emisión, es la cosmología. Para él, el cosmos no es un vacío estéril, sino un tejido infinito de realidades superpuestas; un laberinto de dimensiones donde cada elección te abre una puerta distinta. Pero en Julián lo que yo más destaco es que se trata de una buena persona.
Bueno, volvamos a las cosas raras que cuenta mi amigo. Ese día, en el café, me soltó:
—La realidad se me está empezando a agrietar. Todo arrancó con un mensaje de texto que me llegó al celular personal. No tenía remitente registrado, era solo una cadena de caracteres rarísimos que el teléfono tradujo a duras penas en palabras legibles. No sé cómo esa mina dio con mis coordenadas. Mi número lo tenés vos y un puñado de amigos cercanos, nadie más. El asunto escaló. La desconocida empezó a escribirme de una forma casi acosadora, mechando versos que leí al aire en el programa y fragmentos de mis libros. Las indirectas son cada vez más directas. El tono combina una cortesía extrema, medio antigua, con una insistencia obsesiva. Últimamente me manda fotos. En las imágenes se ve a una mina alta, sumamente elegante. Nunca le vi la cara de frente, aunque destaca una cabeza y rostro amplios; de perfil, se le notan los labios carnosos, más bien abultados que carnosos. Usa trajes oscuros de un corte impecable, abrigos de paño que parecen tragarse la luz de las farolas de la calle y guantes de seda. También me mandó un video donde se mueve con una delicadeza tremenda, manteniendo siempre una postura erguida, casi aristocrática.
—¡Andá! ¿Y por qué no la invitás a cenar, o a tomar un café, y así te sacás todas las dudas de encima? —le tiré por decir algo. La verdad que el asunto era un quilombo, de esos que no podés resolver con una pavada.
—En eso estoy pensando —me respondió—. Pero hay otra cosa que te quiero contar. Hay algo turbio en sus mensajes: los pocos rasgos de la cara, como te dije, aparecen de costado y borrosos por alguna sombra inoportuna, como el reflejo de un vidrio o un desenfoque de la cámara. Ayer me insinuó encontrarnos en una antigua confitería del centro. ¿Y sabés qué? Es un boliche que está cerrado hace más de diez años; yo acostumbraba a ir ahí dos o tres veces por semana cuando era pibe.
—Qué raro todo lo que me decís... A vos te pasan cosas increíbles. ¿Te puedo dar una mano con algo, Julián?
—Sí, la verdad que te voy a pedir un favor —me respondió—. Pero dejame terminar con esto que te estoy contando, hermano: ayer le escribí y le pedí que no me rompa más las pelotas en el número que viene usando. Ese es el teléfono que yo utilizo para el laburo y para mis cosas. Tengo otro aparato que le podría dar, pero la verdad, prefiero pasarle tu número. Esa es la gauchada que necesito de vos. Ella escribe por WhatsApp. Vos podés ir respondiéndole como mejor te parezca, pero sin cortar el rostro, estirando la cuerda hasta que yo piense bien qué carajo hacer.
—Julián, me estás pidiendo una locura. ¿No te parece que estás siendo medio egoísta? Comprate un celular alternativo, o utiliza ese otro que tenés guardado por alguna gaveta, ponele un chip prepago básico y listo, hermano.
Él se quedó un poco masticando la bronca, pero al final me dio la razón. Nos despedimos con un sabor agridulce en la boca.
— II —
A los pocos días lo llamé. Me contó que lo del teléfono alternativo había funcionado al pelo, tal como le había dicho. Los contactos siguieron por el segundo aparato. Ella aceptó el cambio sin chistar. Más adelante me confesó que cambiar de número era un paso necesario, una sintonía fina para lo que se venía.
Julián me confesó que la situación se había vuelto una total incertidumbre. Había empezado a perder el sueño, convencido de que los ojos de la elegante desconocida lo perseguían desde la penumbra en cualquier lugar donde él estuviera.
El quiebre definitivo, según me contó, pasó una noche. Él estaba en pleno programa, analizando al aire la paradoja de los universos paralelos y la chance de que existan hilos invisibles que conectan nuestro mundo con planos desconocidos. El celular alternativo, que estaba arriba de la consola en modo silencio, empezó a parpadear. Entró una ráfaga de mensajes en cadena. Aprovechó una tanda musical para agarrar el teléfono. Era ella.
Las fotos venían una detrás de la otra, pero ya no eran imágenes sacadas en la calle. La primera mostraba el hall de entrada de la radio, desierto a esa hora de la madrugada. La segunda era el pasillo del tercer piso, el que va derecho a los controles. La tercera fotografía estaba sacada desde el vidrio del propio estudio: en la imagen se veía la espalda de Julián, sentado frente al micrófono, iluminado por el reflejo frío del monitor.
Julián también me dijo que el pánico lo dejó duro. Pegó una mirada rápida a la sala y distinguió, en uno de los vidrios del estudio, una silueta alta y esbelta. Tenía un sombrero de ala ancha y un tapado oscuro que parecía flotar. El celular alternativo vibró por última vez en su mano. Bajó la vista para leer. El mensaje tenía una sola frase: “El café está servido. Es hora de cruzar”.
Antes de que pudiera reaccionar, los equipos de la cabina empezaron a moverse. La música del programa se distorsionó, volviéndose un gemido metálico y lento, como si la cinta del tiempo se estuviera frenando. Quiso abrir el micrófono para pedir auxilio, para gritarle a los oyentes que algo andaba mal, pero la corriente de la consola se cortó del todo. El estudio quedó en una oscuridad total, rota solamente por la pantalla parpadeante del celular.
La verdad que no supe qué decirle después de semejante situación. Por un momento pensé que era todo un delirio, parte de sus alucinaciones no controladas. Nos despedimos, pero me quedé re manija, con una angustia pesada en el pecho. De la cabeza no se me iba el comentario de Julián el día que la jermu se tiró del balcón: “Ellos rompieron el hilo que los ataba, pero yo he quedado pegado a ella, el hilo entre nosotros no se cortó cuando se tiró al vacío. Vendrá por mí”.
— III —
Ayer estaba en casa escuchando la transmisión radial de Julián. El tipo leía una reseña del libro de Yuval Noah Harari, «De animales a dioses». De golpe, la radio quedó en un silencio de tumba. Al toque, un zumbido de estática tapó la frecuencia. Supe al instante que algo jodido había pasado.
Agarré las llaves del auto y salí corriendo para la emisora. Cuando llegué, las puertas de entrada estaban entornadas. Subí las escaleras con el corazón en la boca, hasta el tercer piso.
El estudio estaba pelado. Olía a incienso pero no hallé ninguno encendido. No había señales de forcejeos, ni vidrios rotos. Arriba de la consola solo estaba el celular alternativo de Julián. La pantalla seguía encendida, mostrando la última foto que le había llegado.
Me acerqué a mirar y se me heló la sangre. La imagen mostraba el interior del estudio exactamente desde el lugar donde yo estaba parado. En la foto, Julián aparecía sentado frente al micrófono, pero el cuerpo no era sólido: se veía traslúcido, medio borroso, como si se estuviera disolviendo en el aire. Al lado de él, la mina alta lo agarraba suavecito del brazo.
Por primera vez, se le podía ver la cara en la foto. No tenía ojos ni nariz; la boca era normal, pero con los labios muy gruesos, que parecían riñones de vaca . Su rostro era un lienzo liso de piel pálida, que reflejaba la luz roja del cartel que decía "Al aire".
De repente, mi propio celular empezó a vibrar. En la pantalla saltó un número desconocido. Temblando, deslicé el dedo para atender y me clavé el teléfono en la oreja. Del otro lado de la línea no estaba la voz de una mina, sino la respiración agitada y lejana de Julián, que parecía hablar desde el fondo de un pozo infinito.
—¿Hola? —susurré, con la voz quebrada por el cagazo.
—Ya estoy en el cafetín —me tiró Julián. Su voz sonaba re lejana, el eco de un universo que no era el mío—. Ella está sentada enfrente mío. Me está sirviendo una taza de café. No me cortes... por favor, no me dejes solo acá.
Antes de que pudiera meter un bocado, escuché clarito el tintineo de una cucharita golpeando el borde de una taza de porcelana. Al toque, una segunda voz —suave, elegante y re bien modulada— me susurró al oído, pegada al micrófono, como si la mina estuviera parada justo atrás mío en el estudio vacío:
—Con Julián ya cortamos el hilo que nos ataba. Ahora voy por vos. Dale, vení, que tu café se está enfriando.