El complice favorito
Estoy en la verdulería a la que vengo a diario. Dos ratas se acarician en el suelo, al lado de unas cajas de vegetales de hojas verdes. Juegan entre ellas. Por un instante fijo la mirada. Al parecer, un animalito es el macho dominante porque es un poco más grande; aunque sé que en la vida el tamaño no siempre determina el poder. Comparten una hoja que ha caído. De pronto, ambas me miran y se escurren. El verdulero me observa y hace un esfuerzo por encontrarlas. Mueve las cajas, pero ya no aparecen.
—Es imposible acabar con ellas —me dice, resignado.
—¿Andando tras de ellas? ¿Y por qué tenés que acabarlas? —le respondo.
—Son una plaga, señor. Yo duermo al fondo y de noche las siento entre las paredes de madera y cartón. Ya no sé qué hacer. He llegado a sentir miedo.
Me quedo en suspenso, pensando: Las ratas y los humanos compartimos asombrosas similitudes. Ambos somos mamíferos que logramos colonizar este planeta formando comunidades con roles definidos. Ellas cuidan a sus crías en conjunto y comparten responsabilidades, a veces mejor que nosotros. Ayudan a sus compañeras en apuros, dividen la comida y utilizan el juego, las caricias y el contacto físico para fortalecer sus vínculos. Se mueven por pura lógica, experiencia y observación para superar obstáculos. Incluso son aseadas . Limpian a diario las zonas donde duermen.
No me puedo aguantar y le explico todo esto al verdulero, quien me mira con absoluta incredulidad.
—Las ratas no se matan entre sí —concluyo—. Nosotros, los seres humanos, no paramos de pelear entre nosotros. Es más fácil exterminar a la raza humana que eliminar a las ratas.
El verdulero está apurado. Le pago y me despido.
Al otro día regresé al lugar, impulsado por una extraña mezcla de curiosidad y desasosiego. Me encontré con la persiana metálica entornada y un cordón policial que custodiaba la entrada. Tras hablar con uno de los vecinos, quedé completamente espantado por lo que me contó.
A primera hora de la mañana, los clientes habituales notaron que el local seguía cerrado, pero del interior salía un ruido ensordecedor: un rítmico y desesperado golpeteo contra las paredes de madera, acompañado por un chillido agudo y colectivo que ponía los pelos de punta. Cuando la policía forzó la puerta, se topó con una escena de pesadilla.
El verdulero estaba muerto en el suelo del fondo, donde solía dormir. Sin embargo, lo que horrorizaba a los peritos no era solo el cadáver, sino la naturaleza del ataque. El forense determinó que el hombre no murió por azar, ni por el impulso desordenado de una plaga hambrienta. Se encontraron marcas de miles de dientes diminutos distribuidas con una precisión espeluznante, casi quirúrgica. Le cortaron los tendones de los tobillos primero para impedir que escapara; luego, bloquearon sistemáticamente sus vías respiratorias.
No se pelearon entre sí por el botín. Cooperaron en un silencio absoluto, dividiéndose las tareas con una lógica militar perfecta para abatir a una amenaza común.
Mientras el vecino me relataba los detalles con la voz quebrada, aparté la mirada hacia un rincón oscuro, junto a las cajas de vegetales vacías que la policía estaba sacando a la vereda. En la penumbra de una hendidura, ocultos pero perfectamente visibles para mí, dos ojos negros y brillantes me observaban fijos, inteligentes. El animalito no huía. Sostuvo mi mirada durante unos segundos y luego hizo un leve movimiento con la cabeza, como si me reconociera. Como si recordara mis palabras de la tarde anterior.
Comprendí, con una oleada de terror que me recorrió el cuerpo, que mi teoría era correcta: las ratas no se matan entre sí, se protegen. Y ahora, que saben que los humanos somos la verdadera plaga fácil de exterminar, acabo de convertirme en su cómplice favorito.