La muerte después de muerta

La muerte después de muerta

 

 

Me levanté de la mesa y fui al baño. Al salir, caí de bruces. Un dolor opresivo y brutal me sacudió el centro del pecho. Escuché el eco sordo de la silla cuando ella se puso en pie y corrió en mi auxilio. A los pocos segundos perdí la consciencia; el tono muscular se esfumó y mi cuerpo quedó flácido, entregado a la gravedad.

            Frente a mí, una pantalla de color negro lo devoró todo. Intenté ponerme en pie en la negrura, pero fui incapaz de moverme. Sentí cómo ella me sacudía por los hombros, hablándome a gritos en un intento desesperado por traerme de vuelta. La vi —o más bien intuí su silueta a través de la rendija de mis ojos moribundos— marcando un número de emergencia. Aunque ya era tarde. Ya estaba muerto.

            El golpe contra el suelo había sido seco, duro. Debería haberme dolido la nariz rota, los maxilares, mi encía y toda la dentadura , la que impactó contra el piso de madera, el peso bruto de mi cuerpo desplomándose como un saco de patatas.  Pero no hubo dolor. Mi mente siguió encendida en la distancia, ya difunta, flotando en una lucidez espantosa.

            Pude oír el segundero del reloj de la sala, a pocos metros de mi cabeza. Cada golpe del engranaje resonaba dentro de mi cráneo vacío como el eco de una catedral abandonada. Intenté mover un dedo de la mano derecha, la que había quedado doblada debajo del pecho, pero el sistema nervioso se había convertido en un cableado inservible. El dolor opresivo del esternón se disipó, reemplazado por un frío intenso que trepó desde las plantas de mis pies hasta la nuca.

            Han pasado más de diez minutos y sigo aquí, tirado sobre las tablas del suelo. La ambulancia no llega. Ella se mantiene a mi lado, deshecha en llanto, mientras llama a alguien por teléfono, a quien no logro identificar. De pronto, el silencio de la casa se rompe. Un crujido leve proviene de la puerta de entrada. Un paso. Dos pasos. Tres pasos. Hay una cadencia deliberada en el avance, una lentitud calculada que me eriza la piel que ya no puedo sentir. Algo o alguien camina hacia mí. ¿Será que finalmente ha llegado la asistencia médica? Quiero cerrar los ojos. ¡Dios mío, quiero cerrar los ojos! , pero los párpados están congelados. El aire en el departamento se vuelve denso, pesado, cargado con el olor a incienso que yo mismo había encendido antes de sentarme a cenar con ella.

            Los pasos se detienen justo en el límite de mi campo visual. Puedo mirar, sin ver, un par de pies descalzos, de una palidez grisácea y con las uñas ennegrecidas. No pertenecen a nadie que yo conozca. La piel de esos pies está reseca, agrietada, y de ellos emana un frío que compite con el hielo que ya invade mi cadáver. La criatura, o el psico pompo mitológico, se agacha. Escucho el crujido de sus articulaciones, un sonido similar al de ramas secas rompiéndose al caminar sobre ellas.

            Una sombra se proyecta sobre mí, devorando la escasa luz que quedaba en la habitación. Siento la presencia inclinándose sobre mi nuca. No hay respiración. No hay un aliento cálido golpeando mi piel, sino una succión de aire, como si esa cosa estuviera saboreando el último rastro de calor que abandona mi carne.

            —Todavía estás aquí —susurra una voz.

            No es una voz humana. Suena como el roce de miles de ratas atrapadas detrás de las paredes de yeso. El sonido no entra por mis oídos inertes; reverbera directamente dentro de mi conciencia. Una mano larga, de dedos desproporcionados y yemas oscuras, se desliza por el suelo hasta quedar a pocos centímetros de mi rostro y de mi garganta. Con una lentitud exasperante, un dedo roza mi mejilla. La sensación es horrorosa: es el tacto de un invierno absoluto. Mi carne muerta no reacciona, pero mi mente grita en un eco infinito que nadie puede escuchar. La uña de esa cosa se clava ligeramente en mi pómulo, trazando una línea descendente.

            De pronto, un ruido exterior corta la tensión, como si se cortara el aire con una navaja. Es el timbre de la casa. Luego, el sonido de unos nudillos golpeando la puerta de entrada con insistencia. Se escucha una voz. Es la de mi vecina, llamándola a ella desde el pasillo.

            —¿Hola? ¿Estás ahí? Dijiste que me prestarías las herramientas.
            —¡Sí, ya voy! —responde ella con la voz rota—. Pero ven, mirá lo que ha sucedido.

            La vecina retrocede y da un tirón a la puerta principal con una violencia que probablemente se escuchó en todo el edificio. La criatura terrorífica que está arrimada a mi cuerpo alza la cabeza bruscamente; escucho el violento giro de su cuello. Por un segundo, albergo la absurda esperanza de que mi vecina pueda salvar mi cuerpo, aunque sé que ya es solo un objeto. Pero no es así. El pánico la venció al asomarse y huyó despavorida.

            Ella, en lugar de escapar, parece querer morir conmigo. Se vuelve hacia el monstruo y le habla directamente.

            —No te lo lleves —le implora—. Él siempre quiso que lo cremaran al morir. No quería que experimentaran con su cuerpo, ni que lo trataran de salvar con intervenciones extremas. Dejalo tranquilo, a solas conmigo. ¡Vete, huye de este lugar, maldita criatura!

            La presencia ignora sus ruegos. Clava sus dedos con más fuerza en mi hombro inerte y comienza a tirar. Con un esfuerzo que parece no costarle nada, empieza a arrastrar mi cadáver hacia el interior de la biblioteca, alejándome del pasillo donde había caído. Mi rostro se desliza  por el piso de madera, dejando una línea húmeda de saliva y sangre de la que ya no soy dueño. El reloj de la sala sigue su marcha, pero su sonido empieza a apagarse, como si me estuvieran sumergiendo en un monte oscuro y solitario.

            La luz que entraba por las ventanas se desvanece por completo a medida que soy arrastrado hacia el cúmulo de libros. Mi mayor miedo no es morir, de hecho ya estoy muerto. Mi verdadero terror es lo que viene después de la muerte, porque estaré completamente indefenso, y podrán hacer conmigo cualquier cosa.

            La puerta de la habitación se cierra tras nosotros. Quedo a solas con el monstruo. La oscuridad se vuelve total y, en medio de esa negrura, el crujido de los dientes de la criatura se prepara para el primer bocado de mi eternidad.

            Entonces, en el último instante, ella aparece en la penumbra. Empujó con todas sus fuerzas la puerta hasta lograr entrar. Observa la escena con las manos en alto, clamando no sé a qué fuerza invisible. Desesperada, cae al suelo y se abalanza sobre mí, abrazando con fuerza mi cuerpo inerte. Va a morir. Ya está muerta, aquí, a mi lado. La criatura retrocede, bufa y se pierde en la noche, arrojándose por la ventana del fondo. Pero ya no importa. Ahora estamos aquí, los dos envueltos en la misma calma. Desprendidos de la carne, nos movemos a toda velocidad, juntos, cruzando la última frontera.

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