Nunca me han gustado los cementerios

Nunca me han gustado los cementerios

 

 

Nunca me han gustado los cementerios. Mi aversión no es gratuita; nació una tarde de mi infancia, cuando apenas tenía siete años. Me perdí al atardecer dentro del viejo camposanto del pueblo. Mientras buscaba desesperadamente la salida, un frío repentino me caló los huesos. El aire se volvió pesado y escuché un murmullo denso, como si miles de voces rezaran al unísono bajo la tierra. Al mirar hacia las tumbas, el corazón se me paralizó: las sombras de los cipreses no se movían con el viento, sino que se estiraban hacia mí, buscando mis tobillos. Salí de allí corriendo y jurando no volver jamás. Me guardé ese misterio para mí, sin contárselo a mis padres ni a nadie, como si hablar de ello pudiera invocarlo de nuevo.

            Años después, en la Escuela de Medicina, la ciencia intentó darme un refugio racional. Aprendí que los cadáveres liberan gases y emiten ruidos extraños por pura física y descomposición. Sin embargo, ninguna clase de anatomía pudo borrar lo que comprendí aquella tarde de los cipreses: los cementerios no están pacíficamente muertos. Hay una energía latente allí dentro, una vibración invisible que acecha a los vivos. Por eso, siempre encontré la manera de justificar mis ausencias en los entierros de familiares o amigos. Simplemente no podía entrar.

            Incluso en mis años de estudiante, mi relación con los cementerios fue de una estricta distancia. En los años setenta, era normal estudiar con cadáveres no reclamados que pasaban de la morgue a la Escuela de Medicina. En una ocasión, fui con un compañero a buscar huesos al cementerio de la ciudad. Al llegar a las puertas de hierro, el miedo me congeló. Le pedí que entrara solo; yo lo esperaría afuera, observando  la calle por donde se acercaba un carro fúnebre. Mi amigo, a quien apodamos “El Can”, porque desde entonces cargaba a todos lados una bolsita de tela con la osamenta que nos regaló el cuidador, salió sonriente. Estudiábamos juntos y compartíamos el material, pero yo jamás toqué esa bolsa. Me daba una repulsión orgánica. Sentía que esos fragmentos aún pertenecían a alguien que me estaba observando.

            El destino, sin embargo, tiene un retorcido sentido del humor. Terminé casándome con una mujer cuyo pasado desafiaba todos mis temores: ella vivió con su familia dentro de un cementerio por más de diez años. Ocupaban una casona grande y antigua de la época colonial. Ni ella misma tiene claro cómo terminaron instalados allí. Para mí era una idea insólita, casi macabra, pero ella lo recordaba con total naturalidad; me contaba cómo corría con sus hermanitos y se escondía entre las bóvedas, y cómo se reían a carcajadas con el humor negro inscrito en algunas lápidas.

            Ya de grande, no pude evitar pisar una vez un cementerio, para acompañar a mi nieto, quien había encontrado allí espacios idóneos para jugar a la pelota. En esa visita, al final del juego, nos sentamos en los peldaños de un mausoleo. Al niño le llamó la atención el contraste: la opulencia del mármol frente a las fosas de tierra y los nichos comunes. Aquello desató un debate sobre cómo las divisiones de clase nos persiguen hasta después de morir. No supe cómo explicarle esa segregación, ni el porqué de la separación por religiones, o el desprecio histórico hacia los suicidas y los muertos no bautizados. Recordé entonces la historia que me contó una vez un enterrador: tuvieron que bautizar a un cadáver en secreto para poder darle santa sepultura en el sector católico.

            Mi nieto también preguntó por la simbología del lugar: los ángeles llorando, las antorchas invertidas, los relojes de arena y las cadenas rotas. Todos ellos, metáforas del tiempo detenido y los lazos rotos con la vida. No recuerdo que explicación di.

            Hoy, mientras hojeo un libro ilustrado, veo fotografías de necrópolis famosas: La Recoleta en Argentina, el Père-Lachaise en Francia o Highgate en el Reino Unido. Me asombra que estos lugares sean visitados por millones de turistas al año, atraídos por la belleza arquitectónica y el renombre de sus "habitantes". Para el mundo son museos; para mí, siguen siendo prisiones de algo inexplicable.

            En las pocas ocasiones en que la vida me ha obligado a cruzar las puertas de un camposanto, vuelvo a sentir exactamente la misma mirada fija que me acechó en mi infancia. Es como si la tierra recordara que alguna vez estuve cerca, que toqué sus huesos en la carrera de medicina, y estuviera esperando, pacientemente, el momento de reclamar los míos.

            Pero la tierra se va a quedar con las ganas. Conmigo no habrá tregua ni reencuentro. Mi última voluntad es absoluta: fuego. Que me incineren hasta volverme humo y ceniza errante. No pienso regalarle mi descanso a ese frío colectivo, ni pasar la eternidad atrapado en el subsuelo, compartiendo el aire denso de las comunidades cementeriales.

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