Pablo el hechicero
Pablo el hechicero
A Pablo le llamábamos, yo y otros de sus amigos, “El Hechicero”. Eran los tiempos de colegio secundario. A veces se hacía el mago, con trucos simples y antiguos. Recuerdo que reíamos mucho con él. Más de una vez trató de hacernos creer que tenía algunos poderes sobrenaturales.
Era flaco, con una curvatura en la espalda. Cuando se ponía un sombrero negro de ala ancha, que le había regalado su tío, parecía una bruja de cuentos fantásticos infantiles.
Con el paso del tiempo Pablo comenzó a ser visto como una figura oscura. Daba pie para comentarios y rumores de ese tipo. Yo dejé de verlo cuando nos fuimos a la universidad. Más tarde conocí que había abandonado la carrera de “física de los metales pesados”, y se había dedicado a la quiromancia y la cartomántica.
Hace poco tiempo lo visité en su casa. Hacía cinco años que no nos juntábamos. Aún no había constituido familia, y no lo haría, según me dijo. Lo noté descuidado y con la mente ida. El cabello le había crecido casi hasta la cintura. No puedo precisar bien su edad, pero creo que pasara los sesenta, como yo, que tengo sesenta y dos.
Ese día Pablo permaneció, todo el tiempo que estuve con él, sentado en el sillón de su habitación. Observaba por la ventana la oscuridad de la noche, y una luna repleta de mensajes. Sobre las paredes blancas vi que danzaban las sombras producidas por el movimiento de las cortinas. La brisa soplaba suave pero constante.
Creo que, como nunca antes, las tentaciones de Pablo cubrían su pensamiento. Las mismas tentaciones con las que se enfrentaba desde hacía varios años, y que golpeaban su mente de manera persistente. Me refiero a las cosas místicas, sobrenaturales, las divinidades, las formas de hacer daño a otras personas, las visiones de futuro y los pronósticos de la vida, la salud y la muerte.
—He tomado una decisión —me dijo— . No voy a dejar pasar esta noche para acometer lo que otros consideran “un pecado”.
Yo permanecí callado. Supuse que algún presentimiento lo cobijaba. Al parecer no era algo simple y bueno, pero daba a entender que estaba dispuesto a correr riesgos.
Desde hacía mucho tiempo, Pablo había estado investigando sobre un antiguo libro de hechizos que, según las leyendas, otorgaba a su poseedor un poder inimaginable. El libro estaba escondido en la biblioteca de un viejo monasterio, cerca de su casa, un lugar que muchos evitaban por las historias de fantasmas y maldiciones que lo rodeaban. Todo eso yo había conocido a través del propio Pablo, pero nunca antes le había dado importancia.
La curiosidad de Pablo superaba cualquier miedo. El monasterio había quedado descuidado, solamente atendido por dos monjas de clausura, Sor Inés y Sor Ignacia, a quienes prácticamente no se les veía la cara desde hacía un tiempo largo.
Nada podía explicar el interés de Pablo por ese libro, o mejor dicho, yo no podía explicarme nada de lo que estaba aconteciendo con el llamado libro antiguo de los hechizos.
A los pocos meses de la visita recibí una carta en la oficina, era de Pablo. Era una carta larga, de la cual puedo extraer lo siguiente:
“Esa noche en que me fuiste a visitar, armado con una linterna y con gran determinación, me escabullí fuera de la casa. El aire frío de la noche me erizó la piel, pero no detuve el avance. Al llegar al monasterio, empujé la pesada puerta de madera que crujió ominosamente. La biblioteca estaba sumida en un silencio sepulcral, roto solo por el eco de mis pasos. Supuse que las monjas dormían, pero no era así. Caminé por los pasillos. Una luz de kerosene que colgaba de una pared, iluminaba tenuemente hasta el fondo del local. Sigilosamente entré a la biblioteca. Apunté con la linterna a los estantes laterales, y después a los de más atrás. Cuál fue mi sorpresa cuando enfoqué a Sor Inés y a Sor Ignacia. Una al lado de la otra, sosteniendo el libro que yo buscaba, lleno de polvo y de telarañas. Bueno, todo el local estaba sucio, con olores repugnantes, pero con una energía que invadía mi cuerpo. Sor Inés dio unos pasos adelante, hasta encontrarse conmigo.
—Sabíamos que vendrías —dijo ella—.
—Eran muchas las tentaciones hermanas —respondí—. He decidido correr todos los riesgos.
Tomé el libro entre las manos. No cabía ninguna duda, el libro había resistido el paso del tiempo. Estaba encuadernado en cuero desgastado. La cubierta, de un marrón oscuro casi negro, adornada con intrincados grabados que apenas se distinguían debido al desgaste. En el centro tenía un emblema dorado, ahora desvaído, lo cual sugería que alguna vez había pertenecido a una orden religiosa de gran importancia. Al abrir el libro, las páginas, hechas de pergamino, emitieron un crujido suave, como si susurrara secretos de épocas pasadas. El texto, escrito a mano con tinta negra, era una mezcla de latín y griego antiguo, con caligrafía elegante pero difícil de descifrar para mí. A lo largo de las páginas, se encontraban ilustraciones en los márgenes: pequeñas ilustraciones de escenas bíblicas, santos y símbolos esotéricos, pintadas con pigmentos naturales que aún conservaban su vibrante colorido. El olor del libro era una mezcla de moho y cera de vela, un testimonio de los años que habían pasado en la penumbra de este o de otros monasterios. A medida que pasaron los minutos, comencé a sentir con más fuerza una extraña energía que recorría mi cuerpo. Las monjas de clausura habían desaparecido. Me quedé solo, con el libro en las manos y la linterna encendida. Sabía que había pasado el umbral y que no tendría retorno. Voy a permanecer por acá unos meses más”.
Pablo nunca pudo salir de aquel recinto. Ya han pasado ocho años de nuestro encuentro y de su última y única carta. Nunca más he sabido de él.
Anoche, mientras caminaba frente al monasterio, el silencio era absoluto. La mayoría de los vecinos se han mudado del lugar, dejando el barrio más tranquilo. Al levantar la vista noté dos lechuzas posadas en la salida de la chimenea, que parece no haber humeado en mucho tiempo. Para mi esas lechuzas son guardianas de secretos, conectando lo desconocido con lo místico. Quizás estén custodiando los pensamientos de Pablo. Muy discretamente dejé caer unas plantas de mandrágora y seguí el camino, sin mirar atrás. La luna estaba llena, y las sombras de las lechuzas se reflejaban bajo mis pasos.