Padre de familia

Se le vio entrar al pueblo con cabeza baja y vistiendo ropa bastante harapienta. Había caminado más de cinco kilómetros. Se dirigió al edificio de la municipalidad y se sentó en un  peldaño de la escalera de entrada. Las calles empedradas y empinadas que había recorrido lo fatigaron. El aire fresco de la tarde contrastaba con el calor que sentía bajo su abrigo, y su rostro sudoroso lo delataba. Sacó un pequeño libro de su chaqueta azul marino y comenzó a leer. Antón Chejov lo cautivaba; conocía casi toda su obra y algunos relatos los había leído innumerables veces, como el llamado “Un Padre de Familia”. Al cruzar sus tobillos, se notaba que la punta de sus zapatos de cuero viejo, color mostaza, estaban raídas. De su cuerpo emanaba un olor característico, ese llamado “olor natural a anciano”, que a menudo resulta repugnante para algunas personas.

            Allí permaneció más de una hora. Algunos de los muchos individuos que pasaban por su lado lo saludaban, mientras él permanecía inmerso en la lectura. Cerró el libro, que dejó a su lado, no sin antes marcar la página de lectura con una hoja seca de arce que el viento había arrastrado hasta sus pies. Acomodó la boina de pana color negro en su cabeza, y su vista parecía alejarse de aquel entorno.

            Gualberto Soler, era su nombre, y aparentaba unos ochenta años. Alto, delgado, cabello blanco amarillento, así como su tupida barba. Tenía una imponente cicatriz en la frente, la  que al parecer escondía historias de un pasado turbulento.

            Una joven cruzó la calle y se sentó a su lado. Era delgada, de cabello largo y rubio. Cargaba una bolsa con vegetales frescos.

            —Buenas tardes abuelo, ¿le puedo ayudar en algo? —preguntó ella, mientras ponía la bolsa en el suelo.

            —Me llamo Valeria, Valeria Webber. Pero todos me dicen Vale.

            Valeria había nacido y criado en esa zona. Querida por la mayoría de los vecinos,  tenía una gran voluntad de apoyo y solidaridad hacia las personas más necesitadas, en especial los ancianos.

            Gualberto levantó la vista y se demoró en responder. Parecía como si estuviera mareado. Acomodó su espalda sobre la pared de mármol grisáceo y desgastado del peldaño y la miró fijamente. Ella le agarró las manos y sonrió con especial afecto.

            —Yo vivo a unas tres cuadras de aquí —comentó ella. Otras veces lo he visto andar por este barrio y sentarse a leer en este mismo sitio.

            —A ver, ¿qué está leyendo hoy?

            El miró al lado, apuntando al libro de cuentos. Ella lo tomó y abrió por donde estaba marcado, en la página 99, donde comenzaba el  cuento “Un Padre de Familia”. Valeria frunció el ceño, como si conociera el texto, y suavemente regresó el libro al lugar donde estaba antes.

            —Yo conozco ese cuento que usted está leyendo.

            —Es uno de mis preferidos de Chejov —respondió. Lo he leído muchas veces. Algunas  noches, antes de dormir, lo releo. Es algo de lo cual no puedo deshacerme.

            —¿Cuál es su nombre abuelo?

            —Me llamo Gualberto —respondió con cierta desconfianza y timidez. Le agradezco que se haya acercado a saludar, no siempre se encuentran personas como usted.

            —Lo invito a que me acompañe —comentó Valeria. Vivo cerca, como le dije. Le ofreceré algo de comer, hace frío y le sería bueno comer algo caliente.

            Gualberto se sentía vulnerable. No respondió de inmediato. Ella insistió. Sin mediar palabra comenzó a ponerse de pie, lo cual le costaba trabajo. Una de sus piernas estaba lastimada. Ella lo ayudó a levantarse y caminaron despacio tomados del brazo.

            —Mi rodilla está muy inflamada. Hace unos días perdí el equilibrio y caí al suelo.    

            Valeria aminoró la marcha. Varias veces le preguntó si quería detenerse a descansar, pero el prefirió continuar caminando despacio.

            Al llegar a la casa, un vecino, que los vio acercarse al lugar, brindó su ayuda para sujetar la bolsa de vegetales, mientras ella se disponía a abrir el portón de hierro fundido que daba paso al jardín.

            Valeria preparó una sopa de cebolla. Una deliciosa aroma invadió la casa. Gualberto comió con cierta inapetencia y a regañadientes.

            —Desde niño no soy muy afecto a la cebolla —dijo, pero siento la necesidad de alimentarme para seguir mis andanzas.

            Al terminar, Valeria lo invito a sentarse en un sillón de la sala de estar y le trajo un café que tomó en pocos sorbos. Después de agradecer una vez más por las atenciones contó que él había sido un hombre de buena fortuna, hacendado exitoso, que perdió todo debido al juego y al alcohol, y que incluso, por ese motivo también había perdido a su familia. Dijo que era un hombre solitario, que vivía en un cuartucho de madera en las afueras del pueblo  y que se dedicaba a recorrer la ciudad tratando de dar con el paradero de su único hijo.

            —¿Y esa cicatriz? —preguntó Valeria.

            —Me la hicieron en una riña tumultuaria, con una navaja, yo tendría unos treinta y cinco años. A partir de aquello, mi esposa y mi hijo se fueron de casa. Supe que ella falleció a los pocos años. Y del hijo hace unos cincuenta años que no se nada.

            Al poco rato Gualberto se despidió con su andar cansino. Al llegar a la puerta de la calle se detuvo, se le notaba inquieto, buscaba algo en los bolsillos de su chaqueta. Estaba lloroso. Valeria se le acercó para conocer que le sucedía.

            —¡¿Mi libro, mi libro!? —exclamó. ¡Quedó olvidado en el edificio de la municipalidad, donde estuve sentado!.

Siguiente
Siguiente

La tristeza de Don Gregorio