La tristeza de Don Gregorio
Gregorio caminaba por el centro del pueblo en las primeras horas de una mañana fría.
Su sombrero de paja toquilla le cubría las orejas. Con las manos metidas en los bolsillos de su raída chaqueta de cuero, mantenía la mirada fija en el piso mientras avanzaba. Los comercios apenas comenzaban a abrir, e inundaban el ambiente con el característico ruido metálico de las rejas al levantarse.
Sentía un agudo e intermitente dolor en la parte baja de la columna, como si un animal salvaje hubiera hundido sus afilados dientes y desgarrara, sin aflojar, la carne de su espalda. Se dirigía a la comisaría de policía para reportar la desaparición de su hijo Manuel.
Habían pasado dos días sin noticias de su paradero. La última vez que lo vio, Manuel llevaba un gabán de paño ligero, color beige. Gregorio no tenía ninguna pista que explicara lo sucedido. Padre e hijo nunca se habían separado desde la muerte de Josefina, la esposa y madre, ocurrida unos dos años atrás. Manuel solía visitar el pueblo todas las semanas, pero jamás había regresado más allá de las once de la noche. Esta vez, la espera había tornado la angustia del padre en desesperación.
Josefina había sido una esposa inspiradora y una madre sobreprotectora de su único hijo, aunque muy supersticiosa. A veces no podía contener el impulso de realizar rituales, como encender una vela cada vez que Manuel salía de noche, o dejar un vaso de agua en el alero de la puerta de entrada.
Tras su muerte, padre e hijo quedaron solos en la humilde casita de siempre, hecha de madera y barro, ubicada en las afueras del pueblo y rodeada de maizales y animales de corral.
—«¿Qué podré decir en la policía? Lo único que sé es que salió de la casa y no ha regresado. Tal vez me pregunten sobre él», pensó Gregorio. «Les diré que es un joven de veinte años, que me ayuda en las labores del campo. Que no tiene novia. Apenas uno o dos amigos con quienes se ve muy poco. Nunca ha tenido problemas con nadie. También les diré que es un chico bueno, que es lo único que tengo en esta vida».
Gregorio llegó a la comisaría antes de que abrieran el mostrador de denuncias. Era la única persona allí y tuvo que esperar sentado en el bordillo de la acera peatonal, sumergido en sus pensamientos, colmado de tristeza y preparándose para lo peor.
Finalmente lo llamaron. Se acercó apresurado al policía y dijo lo que tenía previsto. El guardia lo miró con fijeza y frialdad. Gregorio echó un vistazo al pequeño local. Detrás del policía, sobre un banco de madera, estaba el gabán de Manuel, manchado de sangre y barro.
—Lo encontraron en una cañada cerca de aquí. Alguien vino y nos avisó —dijo el agente—.
Gregorio suspiró profundamente. Sus manos temblorosas se sujetaron del mostrador, como tratando de apretar el alma en su interior. Alguien se le acercó, tratando de contenerlo.
—Yo creo que fue atacado por animales salvajes, aunque todo eso hay que verificarlo —prosiguió el guardia—. Podrían haber sido perros salvajes, pero es muy raro. Algunos de mis colegas no creen en la existencia de esas bestias por estos predios. ¿Usted qué cree?
Gregorio apenas podía articular palabras. Se quitó el sombrero y lo abrazó contra el pecho con sus manos huesudas de trabajador del campo. Su mirada permanecía serena, pero casi sin fuerzas para responder al policía.
—Bueno —comenzó a explicar Gregorio—, hace un tiempo atrás, cuando mi mujer todavía estaba viva, recuerdo una vez en que comenzaron a aparecer muertas en el patio de la casa algunas gallinas y pollos. Solo les faltaba la cabeza. Mi mujer aseguraba que eran perros salvajes. Nunca supimos la causa y más tarde no volvió a suceder. Recuerdo que mi mujer comentaba a cada rato que a ella le gustaría, al morir, reencarnarse en una de esas fieras. Ella siempre andaba con esas supersticiones, pero todo fue a raíz de los animales muertos que aparecieron en el patio. Eso es lo que le puedo decir.
—Amigo, yo creo que lo de su hijo pudo haber sido por animales salvajes, perros o lo que fuese, váyase a ver. Solo le arrancaron la parte de la espalda, la de abajo, llegando a las nalgas; extrajeron las vértebras y las trituraron. También se vieron restos de intestino, pero las otras partes de su cuerpo estaban intactas. Tratamos de localizar a la familia, pero no teníamos ningún dato de referencia. Acudimos a algunos vecinos que no reconocían el cadáver. Él andaba sin papeles de identidad.
De verdad le digo, Don Gregorio, que le agradecemos que se haya acercado para reportar lo sucedido. Así se agilizan los trámites de la investigación. Lo sentimos mucho. Es un caso muy trágico.
—¿Y el cadáver? —preguntó Gregorio.
—Está en uno de los cuartos fríos del hospital. Ahora iremos hasta allí para que reconozca el cadáver.
El encuentro de Don Gregorio con su hijo muerto, tendido sobre una camilla helada y de brillo opaco, fue indescriptible.
—Le avisaremos cuando puede pasar a retirarlo —dijo el oficial—. Es probable que hoy o mañana venga la policía forense para ultimar detalles.
Gregorio se alejó unos metros arrastrando sus pies, y se sentó en una rústica silla de madera, con el rostro entre las manos y la mirada perdida. Así permaneció un buen rato.
—Muchas gracias, señor.
—Gracias a usted, Don Gregorio. Ya le avisaremos.
Decidió regresar a su casa. A mitad del polvoriento camino de los maizales, el dolor en su espalda se volvió insoportable, una quemadura que le subía por la columna. Sudoroso y exhausto, se dejó caer en un barranco a la orilla de la vía.
—«Es como si me estuvieran devorando vivo por dentro», gimió, encorvándose sobre sus propias rodillas.
Allí lo encontraron al amanecer. Su cuerpo, igual que el de Manuel, mostraba una herida profunda en la zona lumbar. Sobre él, una buitrera dibujaba círculos en el cielo frío, mientras el viento movía suavemente el maíz, como si algo invisible corriera entre los surcos.