El fuego del viudo

Llegó con su característica lentitud, erguido y elegante, escudriñando su entorno, tal como aprendió desde sus años jóvenes.

             Era un hombre espigado, alto, como una rama de roble viejo que aún resiste los embates del tiempo. Vestía ropas sencillas que, al colgar de sus hombros huesudos, acentuaban una silueta pulida por los otoños. Impactaba su cabellera blanca, que brillaba bajo la luz crepuscular, y una barba tupida y nívea que le cubría el pecho. 

            Tenía el aire de un antiguo filósofo o de un marinero que ya no busca el mar, rechazando envolverse en sus misterios.

            Al llegar a la costanera de Vicente López, se detuvo. Observó la distancia con parsimonia  y se acomodó en el banco preferido, como si estuviera reservado para él, uno de piedra y arenisca que parecía guardar el eco de muchos inviernos. 

            Sus ojos, algo llorosos, estaban enmarcados por un mapa de arrugas profundas. Se quedó en silencio, con la respiración pausada, sincronizada con el ascenso de la luna llena. Era testigo de uno de esos momentos donde la naturaleza desborda hermosura y nostalgia.

            La costa rioplatense daba paso a un agua dulce y calma. El cielo, teñido de un violeta profundo, cedía ante el fulgor de la luna justo en la línea donde el río se funde con el aire. 

            De pronto, se percató de que lo acompañaba una joven que parecía desprendida de la tarde. Era una mujer bella, de rasgos andinos y cabellos negros que caían sobre su pecho.

            —Buenas tardes —dijo él cuando la vio.

            —Buenas tardes. Me he sentado a su lado porque me da confianza —respondió ella—. La noche está cayendo y no sé qué tan segura sea esta zona.

            —Es tranquila. Acomodate y disfrutá de este momento. Yo siempre vengo cuando hay luna llena. Mirá, no te pierdas esto: a medida que la luna asciende, proyecta sobre el río un camino de luz trémula. Como la vida misma, siempre parpadeando.

            —¡Qué bellas palabras! ¿Usted es poeta?

            —Todos somos poetas, compañera. Pero en este caso, son esos destellos dorados los que me hacen vibrar. Prestá atención: el aire huele a juncos, a humedad, a tierra fresca. ¿No te parece una inmensidad apasionante?

            —Sí, tiene razón. Nunca había experimentado algo igual.

            —¿Venís del norte?... parecés correntina.

            —No, soy jujeña. Llegué a Buenos Aires hace unas pocas semanas, buscando trabajo. La situación está difícil para todos, pero para los jóvenes ni se diga. En Jujuy la vida se me hace muy dura. Cerró la empresa donde trabajaba y me quedé en la calle.

            —¿Y cómo te ha ido por aquí?

            —Mal. Creo que voy a regresar. Soy madre soltera y dejé a mi niña con mi mamá; la extraño mucho.

            —¿Y no has encontrado un compañero por acá? A veces la vida es más llevadera de a dos.

            Ella se río picarescamente, se notaba relajada.  Vestía un pantalón corto y una blusa azul que  a veces dejaba entrever algunas de sus partes. El murmullo rítmico del agua lamía las piedras de la orilla, un eco constante en el silencio. La imagen era hipnótica: la inmensidad del río devorando los colores del día mientras la luna, enorme, bañaba el paisaje de una paz melancólica.

            —No, lamentablemente no he encontrado pareja —respondió—. Aunque, a decir verdad, tampoco he buscado. No está en mis planes inmediatos. ¿Y usted, es casado?

            —No, soy viudo, pero no intento rehacer mi vida.

            —Interesante, casi seguro que ahora lo acosa eso que llaman “el fuego del viudo”.

            —No sé bien a qué te referís.

            —Ah, bueno, yo le voy a explicar. Pero antes dígame cómo se llama, llevamos rato aquí y ni siquiera me ha dicho su nombre.

            —Bueno, vos tampoco me lo has preguntado. A mí me llaman “Pato”. Mi nombre es Patricio, pero me dicen Pato. ¿Y vos?

            —Yo soy Amankay. Dice mi mamá que es un nombre de origen aimara.

            —Pensé que me dirías María; la mayoría de las jujeñas se llaman María.

            Ella volvió a sonreír. Se notaba que la charla con Pato le resultaba grata y, en la medida que la conversación fluía, ella se acercaba más a él, acortando el espacio con una confianza imprevista. Hubo un momento en que, con una naturalidad que rayaba en la provocación, dejó caer una mano sobre el muslo de Pato. Él, con suavidad, se distanció sutilmente. Un rubor repentino encendió su rostro ajado por la historia.

            —Escuchame, compañera... ¿Cómo dijiste que te llamabas?

            —Amankay.

            —Escuchame, Amankay. Yo soy un hombre mayor. Podría ser tu padre. ¿Qué edad tenés?

            —Tengo veintinueve. ¿Pero por qué me dice eso?

            —Por nada. Sacá tus propias conclusiones. Solo te diré algo: el tiempo ha cambiado mi reflejo en el espejo, pero mi corazón no entiende de edades. Se enciende. Todavía tengo capacidad de vibrar. Otra cosa. Vos llegaste de improviso, te sentaste a mi lado casi sin saludar, tampoco me pediste permiso,  y ahora me sobás la pierna. Debés tener cuidado con esos comportamientos en tu andar solitario por estos lugares.

            —No, Pato, no se preocupe. Son sutilezas de la vida. Soy coquetona no más.

            Él no la miraba de frente. Su vista volvió a clavarse en el horizonte. Sus pies se aferraban a la grama bajo el banco.

            —Pato, ¿no me invita a un café?, tengo algo de hambre.

            —No, jujeña. Podría ser otro día. La luna ya está alta. Si querés, volvamos a encontrarnos aquí mismo, mañana, así me explicás eso del “fuego del viudo”, que me interesa.

            Ambos se levantaron. Ella se adelantó y besó las mejillas de él. Luego, cada uno tomó un rumbo diferente. Él, como siempre, se retiró despacio, erguido y elegante.

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