Un misterio en la cima del cerro

Juan y Rosa eran los dos únicos hijos de Petrona y Oscar, una pareja de campesinos que vivía en la cima de un cerro pedregoso, rodeado de señoriales pinos piñoneros. Juan le llevaba un año a Rosa. No tenían vecinos cercanos. Desde la cima del cerro se podía divisar, tanto la costa, bastante alejada, como los valles.

Crecieron jugando con los animales, corriendo detrás de las mariposas, sin zapatos, y con poca ropa. Los dos tenían el cabello largo y de color claro. A veces no se podía distinguir quien era la hembra  y quien el varón.

La familia llevaba una vida tranquila y laboriosa, dedicada al cultivo de hortalizas que vendían en el mercado de un caserío distante. Todas las semanas el padre bajaba con mulas por estrechos senderos y barrancas, cargando los productos. Oscar, el padre, tenía una presencia  impactante y generaba rumores misteriosos entre los pobladores. Petrona lo acompañaba siempre , con sus atuendos gitanos, aunque nada tenía que ver con las comunidades de gitanos originarios.

            Oscar y Petrona tenían, además, unas sesenta vacas lecheras, que cuidaban con esmero. Su ordeño les proporcionaba leche fresca y otros productos lácteos que también comercializaban. Sin embargo, las condiciones climáticas eran adversas; la lluvia era escasa, lo que hacía que cada cosecha fuera un verdadero desafío y las vacas enflaquecían durante la sequía.

Desde pequeños, y más aún a medida que crecían, Juan y Rosa se vieron obligados a ayudar a sus padres en las labores del campo y del hogar, lo que les impidió alfabetizarse. A pesar de las dificultades, la familia se mantenía unida y trabajaba arduamente para salir adelante, o mejor dicho, para mantener una vida de precaria subsistencia.

            Antes de cumplir los dieciocho años, Rosa se enamoró de un joven de la comunidad. Se casaron y se mudaron a una pequeña casa construida con el esfuerzo conjunto de amistades  y familiares, ubicada en la base del cerro. Era una casa humilde, hecha de materiales simples, como la madera de pino y la arcilla. El piso era de tierra. El olor a leña, con lo que se cocinaba, combinaba con el perfume de los pinos que cubría el ambiente del lugar.

              Con el tiempo, la vida de Juan y Rosa cambió drásticamente. Sus padres fallecieron, dejándolos solos en el mundo. Rosa también había perdido a su esposo en un trágico incendio que arrasó  plantaciones de pinos y produjo la muerte de personas que trataron de aplacar la furia de las llamas, entre ellos estaba Juan. Milagrosamente, Rosa logró salvarse, pero el dolor de la pérdida la acompañó siempre.

Cada uno quedó viviendo en su propia casa, enfrentando las adversidades con la fortaleza que heredaron de sus padres. Se visitaban poco. La distancia entre una y otra vivienda era de unos  diez kilómetros, por trayectos muy difíciles de andar.

            Una noche comenzaron los misterios, coincidiendo con la decisión de Rosa de ir a convivir con Juan. La casa de Rosa había quedado  cerrada y algo descuidada.

Era medianoche. Se escucharon ruidos extraños en los corrales donde estaban las vacas. No parecían ser de humanos ni de animales. Era algo indescifrable. Salieron con linternas a las afueras de la casa y nada pudieron detectar. Se hacía el silencio tan pronto alumbraban los alrededores.

Esto sucedió unas quince veces en poco tiempo. Cada día que esto sucedía, y tan pronto amanecía, Juan y Rosa iban hasta donde estaban las reses. Encontraban una de las vacas, una sola vaca cada vez, abierta en dos mitades, y el corazón extraído. Era lo único que desaparecía, el resto del animal quedaba intacto. Ellos no consumían la carne que quedaba tirada en los corrales. El miedo los acosaba. Un temor agudo e intenso, con olor a sangre, fue creciendo con cada acontecimiento. Imaginaron que podrían ser  fuerzas extraterrestres u otras cosas místicas no identificadas. Las supersticiones siempre habían inundado aquel lugar, donde ellos habían nacido y crecido.

            Una noche decidieron dormir en los corrales, escondidos entre el forraje para alimentar a los animales. Escucharon, como otras veces, los extraños sonidos. Se parapetaron detrás de unas paredes de tablas con hendiduras y vieron unas tres luces amarillas que se acercaban, como si estuvieran corriendo por la pradera, subidas en enormes zancos, y emitiendo los sonidos habituales. Se podía sentir  la llegada de esas cosas, o como se les quiera llamar, hasta donde estaban los animales. Tan pronto llegaban derribaban una de las reses y al poco rato emprendían de vuelta el mismo camino, tan rápido como habían llegado.

            El misterio continuaba, y ellos tenían mucho miedo de acercarse al lugar donde aparecían las vacas descuartizadas. El ganado iba disminuyendo. Decidieron armarse de valor y, sin ayuda de nadie más, abrieron una fosa bastante grande, donde fueron echando las reses que aparecían sacrificadas. Las aves rapaces custodiaban los cuerpos de estas, hasta dejar los huesos pelados que brillaban bajo el sol radiante. En la cima del cerro, existían halcones comunes, búhos y buitres. Todos se unían en las  fiestas carnívoras que Juan y Rosa le servían en fosa de lujo.

Llegó a un punto donde quedaban pocas reses vivas. Decidieron matarlas a todas por temor a que estuvieran contaminadas y para terminar con aquella angustia que los estaba agobiando a ambos. 

Ya no había más ganado. No había nada. El cultivo de hortalizas y otras siembras se había paralizado. Ellos no tenían ánimo para esas tareas. El miedo espeluznante los abatía.

            Una noche, ya sin reses en los corrales, volvieron a sentir los sonidos. Juan se levantó y caminó hasta los corrales. 

            Rosa esperaba a que Juan regresara a casa. No lo hacía. Salió al portal en bata de dormir. A unos tres metros antes de la puerta principal, Juan estaba en el suelo, boca arriba, con el pecho abierto;  le habían robado el corazón. Todo a su alrededor estaba ensangrentado. 

Casi al instante, Rosa decidió volver a su casa en la base del cerro. Corrió desesperadamente, a más no poder. Dejó todas sus pertenencias  atrás, y dejó a Juan sobre el suelo, tal como se lo había encontrado. 

Durante los días que siguieron, después de lo ocurrido con Juan, ella quedaba observando, en las mañanas, el revolotear de las aves rapaces en la cima de aquel cerro.

Una noche Rosa volvió a sentir ruidos, los mismos de la cima. Se asomó a la ventana y vio unas luces amarillas que bajaban por los senderos del cerro, y que daban la impresión de moverse sobre zancos. Cerró la ventana y permaneció quieta por un instante arrodillada en el piso de la sala, solo por un instante.

Anterior
Anterior

El fuego del viudo

Siguiente
Siguiente

Asamblea