Asamblea

La cama estaba esperándome. Ya había oscurecido la habitación. Sonó el teléfono móvil y en la pantalla apareció mi propio número.

            —Hola, ¿en qué puedo ser útil?

            Del otro lado era mi misma voz que respondía. Sonaba desesperada: “no abras la puerta trasera a partir de las nueve de la noche”.

            Miré el reloj y faltaban dos minutos para ese momento. No le di importancia y me fui al dormitorio. Exactamente a las nueve sentí que golpeaban fuertemente. Me acerqué y observé el patio de atrás a través de una hendija de la pared. Afuera estaba yo mismo, con los ojos enrojecidos y gesticulando hacia algo o hacia alguien.

            Decidí abrir. Una fuerza de aire caliente casi me tumba para penetrar. Me di vuelta y allí estaba mí figura, con una vestimenta de futuro y con señales claras de envejecimiento.

            —Te dije que no la abrieras. Ahora ellos saben dónde estamos.

            —Quienes son ellos?

            —Los que ya pasaron por aquí sin dejar rastros. Ahora volverán por nosotros pero solo te llevarán a ti, yo ya conozco el camino y puedo ir solo.

            —Y podré regresar cómo tú lo has hecho.

            —Yo no he regresado. No soy materia. Soy solo tu pensamiento que ahora se siente lastimado. No huyas. Enfrenta todo lo que se te vendrá encima. Resiste. Defiéndase con las ideas que vas a llevar a la asamblea de los muertos.

            Antes de que pudiera replicar, las luces de la casa parpadearon y se apagaron. Un frío sepulcral reemplazó la ráfaga ardiente. Mi figura anciana se disolvió en la oscuridad, pero su fuerza se instaló directamente en mi mente.

            Ya no estaba solo en mi cabeza; sus recuerdos futuros eran ahora mis armas.

La puerta del patio se azotó violentamente. Tres figuras de luz pálida y contornos difusos cruzaron el umbral. Los imaginé como recolectores de cabos sueltos del tiempo. No traían armas, traían el olvido absoluto.

            Me mantuve firme en el centro del pasillo. Cerré los ojos y, en lugar de defenderme con los puños, comencé a recitar con fuerza las verdades, los arrepentimientos y las penas que había acumulado en mi vida.           Mis ideas se materializaron como un escudo brillante. Me defendían. Los espectros retrocedieron, deslumbrados por la pura resistencia de mi consciencia. La asamblea me esperaba, sí, pero no iría como una víctima, sino como un legislador de mi propio destino.

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