Las infidelidades han dejado huellas

La habitación ha estado desocupada durante muchos años. Hasta hoy, nadie ha regresado tras los sangrientos sucesos, a no ser los investigadores policiales que  acudieron aquella noche de invierno.

            El ambiente interior del lugar está impregnado de un silencio solemne, interrumpido ahora por el eco de unos pasos en el corredor, que resuenan como tacones altos de mujer, dirigiéndose hacia la puerta principal, la cual cruje al ser empujada.

            Las paredes son altas, aumentando la sensación de amplitud de este lugar, con piso de parqué macizo de roble, machimbrado, un lujo reservado en los tiempos antiguos  para las altas jerarquías.

            La única ventana de la habitación ha permanecido abierta desde que mi esposa dejó la ciudad, para ir a cumplir prisión por homicidio múltiple .

            A través de la ventana, un cuadrado de luz se proyecta hasta el centro del espacio, iluminando el suelo donde el tiempo ha dejado su huella: polvo y lodo fino esculpen los tablones de madera, resultado de la lluvia, que en numerosas ocasiones se ha colado por la ventana abierta.

            Ella está tal como la recordaba: una mujer alta y delgada, con una figura esbelta moldeada por los años maduros de su vida. Su cabello, corto y rizado, es de un castaño claro que brilla suavemente bajo la luz.

            Camina en círculos por la habitación, observando el techo, donde se evidencian signos de humedad filtrada desde arriba, y las paredes, cuya pintura  se ha descascarado con el pasar de los años.

            En una de las paredes cuelga un espejo antiguo, con un acabado apagado y nostálgico. Este espejo impone respeto y a veces miedo. Su vidrio ya está  lastimado, con muchas manchas oscuras por la oxidación del azogue.

            En su totalidad, la habitación tiene una imagen gris. Es un gris feo.

            Una silla de madera, de estructura simple, se encuentra cerca de la ventana, por donde cada día se cuela la luz del sol a mediodía, quedándose un rato ahí, mirando hacia adentro, calentando las sombras que se desplazan de un lado a otro, sin parar.

            La mujer se detuvo frente a la silla recordando los días en que solía sentarse allí, con un libro en las manos, mientras el sol acariciaba su rostro. Era un rincón de paz, un refugio del bullicio del mundo exterior.

            Cerró los ojos por un momento, permitiendo que los recuerdos fluyeran como un río tranquilo. Fue eso lo que supuse al recorrer con la vista su figura.

            Caminó hasta detenerse frente al espejo antiguo. Para ella, cada mancha en el espejo evocaba una historia dramática, como si fueran los rostros de sus amantes asesinados, ahora convertidos en sombras.

            En la esquina opuesta de la habitación, se alza un viejo armario de madera, cubierto de polvo. Ella se acercó lentamente, y sus dedos rozaron  la superficie áspera del mueble. Abrió las puertas con cuidado, revelando un interior vacío, salvo por una caja de cartón desgastada. Dentro de la caja, encontró fotografías amarillentas, cartas atadas con una cinta descolorida, un reloj de bolsillo que había  pertenecido a su abuelo y un cuchillo antiguo curvo de pedernal.       

            Cada objeto cuenta algo. Fragmentos de su vida, y de la mía,  que han quedado atrás. El reloj, aunque detenido, parece latir con los recuerdos, y el cuchillo, también perteneciente al abuelo,  recuerda las travesías de este por el norte africano a principios del Siglo XX. Cuchillo de matarife.

            Ella suspiró, sintiendo una mezcla de nostalgia. Sabía que el tiempo había pasado, pero los recuerdos permanecían vivos en su corazón. Cerró la caja con cuidado y la devolvió al armario, prometiendo a sí misma que volvería, que no permitiría que el polvo del olvido cubriera su pasado.

            Con un último vistazo a la habitación, cerró la ventana, y se dirigió hacia la puerta, la cual volvió a crujir al cerrarse, esta vez con más fuerza.

            Los tacones resonaron una vez más en el corredor. Llevaba consigo la promesa de regresar. También se llevaba la sombra de quien fue uno de sus amantes.      

            Durante la visita repentina de ella, permanecí inmóvil en una de las esquinas. Ahora me quedé solo, sin otra sombra que me acompañe.

            Miré el espejo, y encontré reflejada una imagen cruel: mi esposa, la mujer de los tacones altos, usando el mismo cuchillo del armario, me abría el pecho para extraerme el corazón. 

            Eso sucedió aquella noche sangrienta. Ella entró. Nos encontró juntos. Yo, su esposo, él su amante. Con un revólver calibre 22 disparó tres veces sobre la cabeza de él. Yo me lancé al piso, a socorrerlo. En esa oportunidad ella tomó el cuchillo curvo del armario y me mató por la espalda, para después abrir mi pecho.

            El armario ha quedado entreabierto y el reloj de bolsillo fuera de la caja de cartón, y yo, aquí,  seguiré esperando el día en que ella decida volver a cruzar el umbral de la puerta, quizá la acompañe a su retirada.

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