El eco de las palabras no dichas

1.     El eco de las palabras no dichas

En los pequeños pueblos siempre se tejen historias. Son relatos populares, algunos llenos de misterios y encantos, otros no tanto. La mayoría basados en hechos reales. A veces se convierten en leyendas fantásticas, de esas que erizan la piel en noches oscuras.

En general son historias que atrapan la atención de la gente y que perduran y se convive con ellas, así como se convive con las estrellas.

Laura había vivido en uno de esos pueblos casi embrujados, llamado “Largo del Monte”. Mantiene ese nombre. 

Son casitas antiguas, de adobe y piedras desgastadas. Calles estrechas y empedradas, con olor a musgo. Como casi todos los pueblos antiguos, “Largo del monte” tiene una iglesia, una pequeña iglesia, con un campanario que se ha inclinado peligrosamente. El pueblo parece estar detenido en el tiempo. Algunos habitantes hablan de apariciones y sombras que se mueven por las calles desiertas, y dicen que en este lugar, los espíritus de los antiguos habitantes vagan sin descanso, buscando resolver asuntos pendientes.

Sus habitantes se conocen  entre todos, unos a otros, y el cariño o el rencor, la envidia, y las infidelidades, se pasean por sus callejuelas, subían a las laderas con el viento y el polvo que se incrustaba en las carnes y en las maderas estropeadas y torcidas por el paso del tiempo.

Laura era una muchacha joven. Una de las pocas jóvenes del pueblo que había podido estudiar. En aquellos tiempos no sé cómo se le llamaba a estos estudios, trataba sobre el cuidado y conservación de libros antiguos.  

Ella era conocida por su habilidad para escuchar lo que otros no podían oír. No se trataba de voces o sonidos sobrenaturales, sino de los ecos de las palabras no dichas, aquellas que quedaban atrapadas en el aire, esperando ser liberadas.

Desde niña, Laura había sentido una conexión especial con el silencio. Era una chica un poco rara, introvertida y curiosamente agnóstica. Capaz de transportarse en una nube, de esas oscuras que aparecen antes de las lluvias fuertes, y dejarse llevar, y llevar.

Mientras otros niños jugaban y reían, ella se sentaba en la orilla del río, o del camino, solitaria,  leyendo y hablando consigo misma. Fue allí donde, por primera vez, escuchó el eco de una palabra no dicha. Era un susurro suave, casi imperceptible, que parecía venir de todas partes y de ninguna a la vez. Laura dio vueltas a su alrededor, caminando sobre su eje, con las manos dibujadas por encima de su cabeza y enlazadas a su cabellera amarilla.

–Perdón,  –Laura escuchaba el eco–, solo ella lo escuchaba, y supo que alguien, en algún lugar, había dejado esa palabra atrapada en las nubes, en las aguas o en los vientos.

A medida que crecía, Laura fue descubriendo que podía escuchar más de estos ecos. Algunos eran tristes, como "te extraño" o "lo siento", “me has olvidado”. Otros estaban llenos de esperanza, como "te amo" o "volveré". Pero todos tenían algo en común: eran palabras que, por alguna razón, nunca llegaban a ella en alta voz, eran ecos, ecos como embudos de sonidos

Un día, mientras paseaba por los campos cercanos, Laura escuchó un eco particularmente fuerte. "Ayúdame"  –decía–, y la voz parecía llena de desesperación. Laura siguió el sonido hasta llegar a una pequeña cabaña abandonada. Algunas tablas destruidas, el techo con tela de arañas , un fogón donde sus cenizas estaban esparcidas  por el piso, ya sólidas, como si fueran piedras. No había ninguna persona en su interior, tampoco se veían animales en el lugar. La puerta estaba entreabierta, y al entrar, sus herrajes rugieron con sonido sordo. Encontró un diario personal, ya viejo y polvoriento sobre una mesa. Lo abrió con cuidado y comenzó a leer. El diario estaba escrito en español.

Pudo conocer que el diario pertenecía a una mujer llamada Elena, que había vivido en la cabaña muchos años atrás. Y que murió sola. La habían llevado al cuidado de una tía, a un costado de la colina, lejos del lugar. La tía murió primero que ella. Sus días finales han de haber sido calamitosos. Elena había sido una escritora talentosa, pero su vida había estado marcada por la tragedia. Su esposo había desaparecido misteriosamente, y ella había pasado el resto de sus días buscándolo, sin éxito.

Elena escribía sobre su desesperación y su deseo de encontrar a alguien que pudiera escuchar sus palabras no dichas. Laura sintió una profunda conexión con Elena y decidió ayudarla. Pasó días leyendo el diario, tratando de entender la historia de Elena y su esposo. Descubrió que él había sido un explorador, y que su última expedición había sido a una cueva en las montañas cercanas.

Laura decidió ir a la cueva, con la esperanza de encontrar alguna pista sobre el paradero del esposo de Elena.

La cueva era oscura y fría, ella avanzaba con cautela, guiada por el eco de las palabras no dichas. "Estoy aquí", susurraba el aire, y Laura siguió el sonido hasta llegar a una cámara oculta. Allí, encontró un esqueleto humano, sentado en una silla, junto a un cuaderno de notas. Al leer las notas, Clara descubrió que el esposo de Elena había quedado atrapado en la cueva durante una tormenta y había muerto allí, sin poder regresar con su amada.

Con el corazón apretado, Laura regresó a la cabaña y escribió una carta a Elena, explicándole lo que había encontrado. Dejó la carta junto al diario y, al salir de aquella casa, sintió que el aire se llenaba de un nuevo eco. "Gracias", susurraba la voz de Elena.

En los pequeños pueblos siempre se tejen historias. Son relatos populares, algunos llenos de misterios y encantos, otros no tanto. La mayoría se basan en hechos reales. A veces se convierten en leyendas fantásticas, de esas que erizan la piel en noches oscuras. 

En general, son historias que atrapan la atención de la gente y que perduran, y se convive con ellas, así como se convive con las estrellas.

Laura vive en uno de esos pueblos casi embrujados, llamado “Largo del Monte”. Mantiene ese nombre. Son casitas antiguas, de adobe y piedras desgastadas. Calles estrechas y empedradas, con olor a musgo. Como casi todos los pueblos antiguos, “Largo del Monte” tiene una iglesia, una pequeña iglesia, con un campanario que se inclina peligrosamente. El pueblo parece estar detenido en el tiempo. Algunos habitantes hablan de apariciones y sombras que se mueven por las calles desiertas, y dicen que en este lugar, los espíritus de los antiguos habitantes vagan sin descanso, buscando resolver asuntos pendientes.

Sus habitantes se conocen entre todos, unos a otros, y el cariño o el rencor, la envidia, y las infidelidades, se pasean por sus callejuelas, suben a las laderas con el viento y el polvo que se incrusta en las carnes y en las maderas estropeadas y torcidas por el paso del tiempo.

Laura es una muchacha joven. Una de las pocas jóvenes del pueblo que ha podido estudiar. En estos tiempos, no sé cómo se le llama a estos estudios, trata sobre el cuidado y conservación de libros antiguos. Ella es conocida por su habilidad para escuchar lo que otros no pueden oír. No se trata de voces o sonidos sobrenaturales, sino de los ecos de las palabras no dichas, aquellas que quedan atrapadas en el aire, como en cárceles, esperando ser liberadas.

Desde niña, Laura siente una conexión especial con el silencio. Es una chica un poco rara, introvertida y curiosamente agnóstica. Capaz de transportarse en una nube, de esas oscuras que aparecen antes de las lluvias fuertes, y dejarse llevar, y llevar.

Mientras otros niños juegan y ríen, ella se sienta en la orilla del río, o del camino, solitaria, leyendo y hablando consigo misma. Es allí donde, por primera vez, escuchó el eco de una palabra no dicha. Es un susurro suave, casi imperceptible, que parece venir de todas partes y de ninguna a la vez. Laura da vueltas a su alrededor, caminando sobre su eje, con las manos dibujadas por encima de su cabeza y enlazadas a su cabellera amarilla.

–Perdón, –Laura escucha el eco–, solo ella lo escucha, y sabe que alguien, en algún lugar, ha dejado esa palabra atrapada en las nubes, en las aguas o en los vientos.

A medida que crece, Laura descubre que puede escuchar más de estos ecos. Algunos son tristes, como "te extraño" o "lo siento", “me has olvidado”. Otros están llenos de esperanza, como "te amo" o "volveré". Pero todos tienen algo en común: son palabras que, por alguna razón, nunca llegan a ella en voz alta, son ecos, ecos como embudos de sonidos.

Un día, mientras pasea por los campos cercanos, Laura escucha un eco particularmente fuerte. "Ayúdame" –dice–, y la voz parece llena de desesperación. Laura sigue el sonido hasta llegar a una pequeña cabaña abandonada. Algunas tablas están destruidas, el techo con tela de arañas, un fogón donde sus cenizas están esparcidas por el piso, ya sólidas, como si fueran piedras. No hay ninguna persona en su interior, tampoco se ven animales en el lugar. La puerta está entreabierta, y al entrar, sus herrajes rugen con sonido sordo. Encuentra un diario personal, ya viejo y polvoriento sobre una mesa. Lo abre con cuidado y comienza a leer. El diario está escrito en español.

Puede conocer que el diario pertenece a una mujer llamada Elena, que ha vivido en la cabaña muchos años atrás. Se enfermó y la llevan al cuidado de una tía, a un costado de la colina, lejos del lugar. La tía muere primero que ella. Sus días finales han de ser calamitosos. Elena ha sido una escritora talentosa, pero su vida ha estado marcada por la tragedia. Su esposo ha desaparecido misteriosamente, y ella ha pasado el resto de sus días buscándolo, sin éxito.

Elena escribe sobre su desesperación y su deseo de encontrar a alguien que pueda escuchar sus palabras no dichas. Laura siente una profunda conexión con Elena y decide ayudarla. Pasa días leyendo el diario, tratando de entender la historia de Elena y su esposo. Descubre que él ha sido un explorador, y que su última expedición ha sido a una cueva en las montañas cercanas.

Laura decide ir a la cueva, con la esperanza de encontrar alguna pista sobre el paradero del esposo de Elena. El camino está solo, la brisa suave acaricia su rostro. La tarde está cayendo. Llega al lugar con el corazón temblando.

La cueva es oscura y fría, ella avanza con cautela, guiada por el eco de las palabras no dichas. "Estoy aquí", susurra el aire, y Laura sigue el sonido hasta llegar a una cámara oculta, abombada. Allí, encuentra un esqueleto humano, sentado en una silla, junto a un cuaderno de notas. Al leer las notas, Laura descubre que el esposo de Elena ha quedado atrapado en la cueva durante una tormenta y ha muerto allí, sin poder regresar con su amada.

Con el corazón apretado, Laura regresa a la cabaña y escribe una carta a Elena, explicándole lo que ha encontrado. Deja la carta junto al diario y, al salir de aquella casa, siente que el aire se llena de un nuevo eco. "Gracias", susurra la voz de Elena.

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