El taller de Charles

Estoy en el taller de Charles. Una casona vieja y bella  de Villa Crespo que transmite sentimientos y nostalgia.

            Dos plantas bastan para albergar ilusiones, misterios y recuerdos truncos. Aquí el tiempo parece haber quedado atrapado entre la maleza, estanterías vencidas y paredes colmadas de obras; algunas polvorientas, otras impecables. Torsos humanos, cabezas de caballos, tallas de madera agrietadas, vitrales opacos y figuras de piedra que vigilan desde las sombras. Son piezas acumuladas durante décadas, mudas testigos del paso de cientos de alumnos.

            A este santuario me trajo Koki la primera vez. Yo buscaba un aliciente para el último tramo de la vida, y me sugirió tomar clases con el profesor Charles. Koki es un gran amigo. Él ya es un artista consagrado, conocedor de casi todas las técnicas de las artes plásticas.

            El taller pertenece al profesor Charles, quien trabaja junto a su asistente, Carla, y a un ayudante escocés apodado Nucho, encargado de los quehaceres generales. Todo lo sabe hacer ese hombre, que se desplaza con la agilidad de un felino por las alturas de la casa, entre cables descubiertos y herramientas de todo tipo.

            Recuerdo que, hace más de un año, llegué al taller, en una de esas mañanas invernales y grises de Buenos Aires. Desde la primera vez que vine a este lugar asisto cada miércoles a clases. El olor a arcilla húmeda y trementina, sumado al ruido del silencio que aquí se respira, me sosegó apenas crucé el umbral; son elementos que inspiran deseos de vivir. Pero ese día, el ambiente se percibía extrañamente denso.

            Charles me recibió con su calidez de siempre. Es un hombre macanudo, conversador, de mirada afilada y famoso por una exigencia implacable hacia sus alumnos, quienes terminan, como yo, convertidos en sus amigos. Detrás de esa fachada estricta, Charles esconde un corazón generoso.

            A su lado, siempre atenta, se mueve Carla, la asistente perfecta. Es la cortesía personificada: servicial, inteligente y dueña de una sonrisa dulce. Siempre está dispuesta a preparar un esmalte, alcanzar una gubia o cebar un té para aliviar la tensión del modelado y dar paso a la teoría del arte.

            Una música de fondo deambula constante por la sala: piezas clásicas, melodías celtas, sones, fados o jazz entre otros ritmos. El grupo de los miércoles refleja la fauna diversa del taller. Está don Amadeo, un hombre anciano cuyas manos temblorosas recuperan la firmeza al acariciar la piedra; Mariana, una joven estudiante de arquitectura que experimenta con la fusión de vidrios, y unos cinco o seis más que, por lo general, descargan el estrés de la semana moldeando bloques de arcilla gris.

            Cierto misterio comenzó a presentarse cerca de las doce, justo antes del receso en el que Charles expone las obras de los grandes maestros.

            Yo buscaba un trapo limpio en el sector del fondo, un rincón de claroscuros donde rugen los hornos y se amontonan piezas en proceso junto a otras olvidadas por el tiempo. Al mover una vieja figura de yeso, de un torso humano, noté algo extraño. La base de la estatua, astillada por los años, revelaba un destello que no correspondía al material calcáreo. Me agaché y deslicé los dedos por la grieta. Debajo del yeso blanco y poroso descubrí una capa de vidrio oscuro, similar al fondo de una botella verde, y dentro de esta, un relieve metálico y oxidado.

            —¿Necesitás ayuda con los trapos? —La voz de Carla me hizo dar un respingo.

            Estaba de pie en el umbral, con su amabilidad habitual, pero noté que sus ojos, fijos en la estatua rota, delataban una rigidez inusual.

            —No, gracias, Carla. Solo miraba esta pieza vieja... Parece que tiene algo adentro —respondí, señalando la hendidura.

            Charles se acercó al intuir el murmullo; posee la extraña habilidad de estar siempre en el lugar preciso. Al examinar la hendidura, las cejas del profesor se juntaron y su rostro palideció. De inmediato, ordenó a los demás alumnos limpiar sus mesas y dio por terminada la clase de forma abrupta.

            Esa noche no pude conciliar el sueño; el enigma de la obra sellada me carcomía la mente. Recordaba que en el piso de arriba, alineados en estantes de acero, descansaban decenas de obras de torsos y cabezas humanas. No era fácil subir: el acceso estaba restringido y requería la autorización expresa de Charles. En una ocasión intenté explorar el lugar; le pedí permiso a Carla, pero ella me remitió al profesor y, ante tantas evasivas, desistí.

            «¿Qué ocultarán aquellas obras debajo de las capas de arcilla, madera o yeso?», era la pregunta que me daba vueltas en la cabeza como un eco persistente

Al día siguiente decidí regresar al taller fuera del horario de clases, impulsado por una curiosidad obsesiva.

            Para mi sorpresa, al entrar me topé con don Amadeo, quien caminaba con parsimonia por el patio interior. El anciano me miró con complicidad y, bajando la voz, murmuró:

            —Ese torso de yeso que descubriste ayer no es el único muchacho. Llevo años observando este lugar. Todo está relacionado con un antepasado de Charles que trabajó aquí. No era un artesano común; era el custodio de la fortuna del Conde de Waldstein, quien huyó de Europa el siglo pasado.

            Mientras avanzábamos en silencio hacia la parte trasera del taller, el aire se tornó gélido. Don Amadeo, uniendo los cabos sueltos de su memoria, me confió el verdadero secreto: las estatuas ocultaban gruesas monedas de oro puro de la antigua nobleza. Pero no se trataba de simple riqueza; poseían una propiedad alquímica. Al ser frotadas con terciopelo de color verde boldo, liberaban una energía que detenía el envejecimiento, prolongando la vida.

            De repente, una silueta bloqueó la salida. Era Carla. Ya no sonreía, aunque mantenía su hablar pausado y educado. En su mano derecha sostenía un paño de terciopelo verde y, en la otra, una pesada gubia para tallar madera.

            —No debieron meterse en esto —dijo con voz suave pero cortante—. La familia de Charles ha protegido este secreto por tres generaciones. Miren a su alrededor, ¿cómo creen que este taller sobrevive?, ¿o cómo creen que su  abuelo vivió ciento cinco años con la piel de un joven?

            Don Amadeo dio un paso al frente, mostrando sus manos gastadas por el tiempo. Yo quedé atrapado en medio de la tensión, magnetizado por la revelación de Carla y el brillo dorado que ahora emergía con fuerza desde la grieta del yeso.

            —Yo no busco riqueza, Carla —rogó el anciano, extendiendo sus dedos trémulos—. Busco tiempo. Mis huesos duelen y mis días se acaban. Dejanos frotar el terciopelo. Solo una vez.

            Carla lo observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Luego, bajó la gubia. Su rostro recuperó la calidez de siempre y, con una sonrisa solidaria, asintió de forma sutil.

            —Está bien —susurró—. El arte es para compartirlo, y el tiempo también. Vengan.

            Nos guió hacia la planta superior. Con delicadeza, deslizó el paño de terciopelo boldo sobre las monedas de oro recién extraídas de uno de los bustos. Un vapor tenue, con un aroma rancio que mezclaba resina y metal, comenzó a brotar de la pieza. Don Amadeo, ansioso, inhaló profundamente y frotó sus manos contra la tela. De inmediato, un suspiro de alivio escapó de sus labios: sus arrugas comenzaron a desvanecerse y su espalda se enderezó con una vitalidad milagrosa.

            Quedé fascinado y, a la vez, horrorizado. Discretamente extendí la mano y también froté el paño. De inmediato di un paso atrás al sentir que el aire se volvía insoportablemente espeso. Fue en ese instante cuando el profesor Charles apareció en la escalera y subió hasta donde nos encontrábamos. Imperturbable. Como siempre.

            Esperé gritos, reproches o confusión por parte del maestro, pero no ocurrió nada de eso. Charles ni eludió la mirada para ver a Carla, ni a las monedas, ni al rejuvenecido Amadeo. Se limitó a sentarse en una banqueta y me clavó su mirada afilada.

            Don Amadeo se había quedado completamente rígido, con las manos extendidas y una sonrisa estática. Su piel, antes elástica por la juventud recuperada, comenzó a tornarse de un color blanco calcáreo. El terciopelo boldo no prolongaba la vida en el tejido vivo; el poder alquímico del conde transmutaba la carne después de rejuvenecida en materiales imperecederos, preservándola eternamente de la podredumbre.

            Horrorizado, miré a Carla. Ella contemplaba la escena con una compasión infinita mientras preparaba un balde con agua y una espátula para limpiar desechos.

            —Te lo dije. El taller se mantiene vivo gracias a estas obras—explicó con voz dulce, mientras la piel de las piernas de Amadeo se agrietaba como la arcilla seca—. Hombres, mujeres, jóvenes y ancianos, todos los que han pasado por aquí siguen aquí, custodiando el secreto.

            Intenté correr hacia la salida, pero al mirar mis propias manos, noté que los dedos ya no respondían. Tenían la textura fría, dura y grisácea de la piedra fina. Estaba listo para ser acomodado en el estante más alto del lugar.

Y ahora aquí sigo, para siempre.

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El perro de tres patas