El perro de tres patas
Juanca viajaba en el ascensor. El aire se sentía espeso. El aparato se detuvo en el siguiente piso con un chirrido metálico. Entró un hombre bajo, rubio y de cabeza extrañamente grande. Tenía sobrepeso y la piel pálida, casi gris. Con una mano se sostenía el pantalón flojo. Sus uñas estaban negras, llenas de tierra.
—Buenas tardes. Disculpe por los ladridos del perrito —dijo el hombre. Su voz sonó pastosa, como si le costara respirar. El ascensor se cerró.
—No se preocupe, señor. De hecho, no escuché nada.
El hombre no respondió. Solo clavó la mirada en la puerta metálica. Una sonrisa torcida apareció en su rostro.
Al llegar a la planta baja, Juanca le cedió el paso. Quería alejarse de él. Lo vio caminar hacia la salida. Entonces, un frío helado le recorrió la espalda. El señor cruzaba el vestíbulo con una criatura atada a una cuerda gruesa.
No era un perro normal. Era un ser deforme. Su piel era blanca con manchas amarillas. Tenía orejas grandes y delgadas que se arrastraban por el suelo, dejando un rastro húmedo. No tenía cola, solo un muñón infectado. Y solo tenía tres patas. La trasera derecha faltaba, dejando ver una cicatriz negra y rugosa. Se movía como un anfibio, arrastrándose de forma grotesca. El animal nunca mostró la cara, pero emitía un jadeo que rasgaba el silencio.
Juanca, con el corazón acelerado, corrió hacia el encargado.
—¿Quién es ese hombre, Andrés? ¡El del perro!
—No sé quién es, Juanca. No lo vi entrar. Seguro llegó en el turno anterior.
—¿Y el perro de tres patas? ¿Cómo entró eso aquí?
Andrés lo miró con desconcierto y algo de pena.
—¿De qué perro me hablás? Yo no vi ningún animal. El señor salió solo.
Juanca no quiso discutir. Salió del edificio temblando. Caminó seis cuadras hasta una tienda para comprar vino. Necesitaba calmar los nervios. No podía sacarse de la mente los movimientos de aquella criatura. De regreso, se sentó en el banco de una plaza. El sol ya se estaba ocultando.
A lo lejos, vio a un paseador con una manada de catorce perros. Los animales caminaban con la cabeza baja, asustados. Al final del grupo iba el mismo ser. Esta vez, el animal se giró. Clavó sus ojos en Juanca. Las mucosas de sus ojos eran de un rosa pálido, lechosas y sin pupilas. Su hocico era largo, repleto de dientes afilados y amarillos.
El monstruo tiró con una fuerza sobrenatural. Rompió la correa de un tirón. Quería alcanzar a Juanca. Corrió cojeando a gran velocidad hacia la calle. En ese instante, un colectivo lo pasó por encima con un ruido seco.
Juanca gritó, tapándose la cara. Esperaba ver sangre y vísceras sobre el asfalto. Pero al abrir los ojos, la calle estaba limpia. No había rastros de un accidente. El colectivo siguió su marcha como si nada. Juanca miró a la manada que se alejaba. Al final del grupo, el perro de tres patas seguía ahí. Caminaba de espaldas, sin despegar sus ojos ciegos de Juanca.
El terror lo paralizó. Tomó la bolsa de vino y corrió sin mirar atrás hasta su edificio. Al entrar, Andrés lo detuvo.
—Juanca, el hombre volvió. Visita a los dueños del piso 20. Ellos salieron y él cuidará el lugar por una semana.
—¿Y el perro? ¡Decime que viste al perro! —suplicó Juanca, al borde del llanto.
—No, Juanca. En serio. El tipo entró completamente solo. Traía unas cajas de cartón, que me parecieron pesadas y que goteaban un líquido espeso. Por cierto, tuve que limpiar el piso del hall y del ascensor.
Juanca subió a su departamento. Cerró la puerta con tres vueltas de llave. Dejó los vinos en la cocina con las manos temblorosas. Se tiró en el sillón y cerró los ojos, intentando convencerse de que estaba loco. El cansancio lo venció. El silencio en el departamento era sepulcral. No se escuchaba el viento, ni los autos, ni una mosca. Una quietud de cementerio.
A las tres de la mañana, el zumbido estridente del intercomunicador lo despertó de golpe. Juanca contestó con el pulso a mil. Era el encargado de la noche.
—Señor Juanca, disculpe la hora. Me llamó el vecino del piso de abajo. Está muy molesto. Dice que por favor deje de arrastrar cosas pesadas por el suelo.
Juanca se quedó congelado. En medio de la oscuridad de su living, escuchó un jadeo pastoso. Venía de abajo del sillón. Tres garras afiladas comenzaron a raspar la madera del piso, justo detrás de sus pies.