Caminando descalzo

Desperté temprano. La mañana estaba fría, con un invierno que ha llegado esta vez con mayor crudeza que otros años. Hoy decidí caminar descalzo. Es la primera vez que lo hago por las calles de la ciudad; en casa suelo andar así, pero afuera nunca.

         De niño recuerdo lo agradable que era jugar a la pelota descalzo o pisar el césped frío de la noche. De adulto, siempre me cohibió el prejuicio. La principal preocupación era el "qué dirán al verme así". Es parte de esas malditas cárceles espirituales que todos cargamos.

         Antes de salir, me asomé por la ventana del dormitorio. Había pocos autos y escasas personas bien abrigadas que caminaban a paso rápido. Siento la necesidad de conectar con el entorno, y nada mejor que desnudarse los pies para tomarle el pulso a las baldosas. También para observar los rostros que vienen de frente, distinguiendo sus narices y sus ojos; una obsesión que me acompaña desde la juventud.

         Recuerdo a un viejo sabio de mi barrio. Me dijo una vez: "Los ojos y las narices de unos configuran un triángulo místico con los pies descalzos de otros. Si logran sincronizar las miradas, se producirá una protección y armonización de energías". Hoy estoy decidido a comprobarlo.

         Las narices tienen formas infinitas: rectas, aguileñas, chatas o respingadas; cada una es un rasgo distintivo de identidad. Los ojos, las ventanas del alma, varían en color y forma —almendrados, redondos, hundidos— y resultan increíblemente expresivos.        Observar estos rasgos me entretiene; a veces quedo absorto imaginando las vidas de los extraños que cruzo.

         Con los pies pasa algo similar. Existen los pies egipcios, donde el dedo gordo es el más largo y los demás descienden gradualmente. El pie griego, donde el segundo dedo supera al gordo, suele ser —según mis observaciones— signo de obsesión y personalidades propensas a relaciones tóxicas. Los pies cuadrados o romanos tienen los primeros tres dedos del mismo largo; esos los conozco bien, son como los míos.

         Inicio la caminata. No llevo ni veinte pasos y ya percibo las texturas y temperaturas. El pavimento está liso y frío; algunas zonas son rugosas y disfruto ese relieve. La mayoría de los transeúntes miran hacia abajo, directos a mis pies. Reaccionan extrañados. No es común ver a alguien de porte normal, con pantalones cortos, remera gruesa, lentes oscuros y gorro negro, caminando con semejante serenidad sin calzado.

         Caminar descalzo es como la vida: exige atención constante a los riesgos. Vidrios rotos, escombros, baldosas flojas o superficies resbaladizas. Hay dolor en las plantas, en la cintura y en la espalda. Pero exige voluntad para sentir lo cotidiano.

         Ya recorrí unos doscientos metros. Me detengo en una esquina. Una pequeña piedra se clava en el centro de mi planta y una descarga eléctrica sube por mi columna hasta la nuca. Nadie se detiene a preguntar. Siento el mundo de forma directa y auténtica.

El sol ha subido. Las texturas cambian y la suciedad se adhiere a mi piel. Tropiezo con un trozo de madera y mi dedo gordo derecho empieza a sangrar. No me importa. Todo se vuelve más nítido. El tránsito aumenta. Cruzo a un joven delgado de nariz prominente; luego a una mujer de rasgos andinos y expresión suave. Dos jóvenes que parecen hermanas, de ojos redondos y asombrados, me miran. Siento su mirada en mi espalda, me giro y una de ellas también se voltea. Nos saludamos desde la distancia.

         "— Qué diversos somos y cuántas cárceles cargamos — reflexiono. La teoría del viejo sabio parece demostrarse con cada conexión, aunque tengo muchas dudas sobre eso. Ya voy lejos, he caminado más de tres kilómetros. La planta de los pies me quema, está enrojecida y duele. Me detengo a descansar unos minutos antes de emprender el regreso.

         Las personas con las que me cruzo en el camino miran al suelo, exactamente al rastro de sangre que va dejando mi dedo herido. El dedo gordo del pie derecho. La mujer de rasgos andinos vuelve a pasar a mi lado; camina de prisa, en sentido contrario al que llevaba antes. Su nariz sigue siendo ancha, pero su expresión suave ha desaparecido: me observa con una fijeza descorazonadora, idéntica a la del hombre gris.

         Decido apurar el paso. Estoy un poco mareado. Miro hacia el frente y el pánico me oprime el pecho. Las dos hermanas de ojos redondos están paradas en la siguiente esquina. No hablan. No se mueven. Solo me miran. Al acercarme, me doy cuenta de un detalle atroz que mi obsesión pasó por alto la primera vez: sus rostros son perfectamente simétricos, carentes de cualquier imperfección humana. Y sus ojos no tienen pupilas. Son dos esferas completamente blancas que apuntan hacia abajo.

         Ya estoy en el interior de mi casa. Alguien me ayudó a llegar. Recuperé la consciencia. Miro hacia la vereda. Hay muchas personas amontonadas, tratando de mirarme. Las palabras del viejo sabio resuenan en mi mente, como un eco, y ahí me doy cuenta que el triángulo místico no armoniza la energía; la drena.

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