Smith & Wesson

Esperaba pacientemente. Llegó con el rostro desencajado. No me saludó. De inmediato comenzó a contar lo sucedido. Soltaba las palabras como un golpe de yunque.

            —Anoche, llegué a casa y me sentí abrumado—me dijo. Fui directo al dormitorio. Disparé el Smith & Wesson. El plomo atravesó una almohada, una lámina de acerco, otras dos almohadas y supuestamente penetró la pared que tenía delante.

            Mientras hablaba su mirada estaba perdida, observando a las personas que pasaban cerca del ventanal del restaurante. Hacía mucho frío en el exterior, pero mayor fue la frialdad que penetró en mis huesos al escuchar lo que me decía.

            El silencio se estiró entre los dos.

            —No entiendo—le dije. Cómo se te ocurre hacer una cosa así. ¿Y qué pasó con ella, cómo reaccionó? ¿Vos pensaste en suicidarte?

            —No, ¿cómo vas a pensar que yo he querido suicidarme? Ella estaba en la sala. Creo que se asustó. Salió al balcón y saltó al vacío. Sentí el estruendo en la vereda. Me quedé helado. Intenté llamar a la policía pero estaba paralizado.

            El no despegaba los ojos del ventanal. Lo noté sudoroso. Se ponía y quitaba los lentes una y otra vez.

            —Lo peor no fue lo que te he contado hasta ahora —susurró, con una sonrisa vacía que no le llegaba a las comisuras—. Lo peor fue lo que pasó después.

            El camarero se acercó a nuestra mesa y dejó dos tazas de café humeante. Mi amigo no lo miró. Siguió hablando en el mismo tono plano, arrastrando las palabras:

            —Fui al balcón. Miré hacia abajo. El suelo estaba limpio. No había sangre, ni cuerpo, ni rastro del impacto. Solo la vereda fría y oscura. Me di la vuelta para buscar mi teléfono y la vi. Estaba sentada en un sillón de la sala, de espaldas a mí, completamente inmóvil. Tenía el cuello roto, pero seguía respirando.

            Un escalofrío violento me recorrió la espalda. Quise levantarme de la silla, e invitarlo a marcharnos del restaurante, pero mis piernas no respondieron.

            —Corrí hacia la calle, bajando las escaleras a toda prisa —continuó él, apuntando con el dedo hacia el vidrio del ventanal—. Llevo toda la noche, y lo que va del día, deambulando por la ciudad, con mucho frío, intentando escapar de ella. Pero no puedo. Me persigue. Te agradezco que me hayas invitado a almorzar, es una oportunidad para contarte esto y que me protejas, pero en verdad no tengo ningún apetito. No puedo tragar ni un bocado de nada. Por favor, no le cuentes esto a nadie más —enfatizó.

            Una pena tremenda me inundó. Trataba de encontrar una respuesta factible para ayudarlo, pero mi mente estaba bloqueada.

            —Mirála. Está ahí afuera —comentó.

            Giré la cabeza asustado hacia el gran panel de vidrio. Al otro lado, entre la gente que caminaba apurada, una silueta de mujer se detuvo en seco. La reconocí. Tenía la cabeza caída de lado, apoyada casi por completo sobre su hombro izquierdo. Nos miraba de manera rara, con cierto misterio y desconfianza.

            De pronto, la mujer caminó hacia el ventanal y pegó el rostro contra el vidrio. Su piel estaba pálida y magullada. Nos sonrió con los dientes rotos, mientras levantaba una mano para saludar. Entonces, mi amigo se volvió hacia mí. Su rostro mostraba confusión. Me pareció que todo se estaba convirtiendo en un espanto. Un frío extraño se me coló en los huesos. Afuera, la silueta oscura se pegó al ventanal. Empezó a rasgar el vidrio con las uñas. Un líquido rojo salía de la punta de sus dedos cada vez que lo hacía. El sonido era corto y agudo , como un tap, tap, tap.

            —¿Sabés qué es lo verdaderamente extraño?

            La voz de mi amigo no era normal. Sonaba hueca, como si saliera del fondo de un pozo seco. Yo no podía apartar los ojos de sus manos. Estaban sobre la mesa, temblando, cubiertas de una tierra negra y húmeda. Olían a cementerio.

            —Que el plomo de mi Smith & Wesson nunca apareció en la pared—continuó, con una sonrisa torcida que le deformaba la cara—. Al poco rato del disparo lo entendí. Anoche no apunté a las almohadas. Apunté directamente a mi cabeza.

            El corazón me dio un vuelco salvaje. Miré mi taza de café. Estaba intacta, pero el líquido se había vuelto espeso y oscuro como la brea. Con los dedos temblando, levanté la vista hacia el gran ventanal para buscar nuestro reflejo. Quería convencerme de que todo era real. Pero el espejo no miente. Frente a mí, la silla estaba completamente vacía. No había nadie. Él no estaba allí.

            El pánico me aplastó el pecho. Quise gritar, pedir ayuda, salir corriendo. Busqué desesperado al camarero con la mirada. El hombre salía del baño lentamente, arrastrando los pies como un autómata. Su delantal blanco estaba empapado de un rojo vivo y brillante.

            Caminó hacia nuestra mesa sin mirarme. Traía algo entre las manos. Una masa de carne ensangrentada, tibia, que todavía vibraba con un último pulso agonizante. Eran sesos humanos. Con total calma, la depositó sobre mi plato.

Afuera, los golpes en el vidrio se detuvieron. La figura pegada al ventanal me miraba fijamente. Tenía el rostro destrozado por un balazo.

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