La bicicleta de John

Una persistente llovizna cubría la parte vieja de la ciudad de Londres. John, un británico con rostro arrugado, se desplazaba por Waiting Street en su vieja bicicleta, abrigado hasta el cuello, con una gorra plana y guantes de cabritilla. Al llegar a una esquina, se detuvo, extrajo una petaca con ginebra, tomó un sorbo y siguió pedaleando.

            Una vez más, se sentía desconcertado con la misión que debía cumplir; sin embargo, era un hombre disciplinado y estaba dispuesto a realizar lo que ahora consideraba un deber patriótico. Llevaba más de once meses inmerso en una rutina como doble agente. Trabajaba con los servicios de contrainteligencia de su país y , por otro lado, había sido reclutado por los alemanes al poco tiempo de su jubilación. Un sábado de cada mes, contactaba con una agente de los alemanes para intercambiar mensajes.

—Bueno, al menos me distraigo —reflexionó. Estoy padeciendo de mucha soledad, siento su vértigo. No sé qué haría si no hago esto.

            Vivía solo. Su casa se le antojaba inmensamente grande tras la muerte de su único hijo y de su esposa. Llevaba dos años jubilado del regimiento de Paracaidistas del Ejército Británico. Ese día había salido del hogar cuando los primeros rayos de sol comenzaban a filtrarse entre la bruma y la llovizna.

            —¡Qué mañana tan gris y húmeda …hoy será un sábado perro! —pensó—. Repasaba mentalmente el plan: debo llegar al London Bridge y detenerme en la primera gasolinera (Petrol Station) que encuentre a mano derecha.

            Así lo hizo. Había llegado un cuarto de hora antes de lo previsto.  Completó el aire de las ruedas de la bicicleta, su compañera silenciosa, una modelo BSA Airborne Folding, diseñada para la durabilidad: una máquina robusta y espartana, pintada de un amarillo gótico ahora desgastado. En el interior de los tubos del cuadro —especialmente el tubo superior y el del sillín— se podían embutir mapas, documentos, dinero y otras pequeñas cosas. La bicicleta tenía varios años de uso y la había recibido como agradecimiento y recuerdo al jubilarse. La bici se podía plegar en dos mitades en pocos segundos; muchas veces la había usado en prácticas de salto.

            Mary se le acercó. Había llegado allí después de caminar varias cuadras para cerciorarse de que nadie estaba siguiendo sus pasos. Se saludaron amistosamente. Él dejó la bicicleta estacionada y entraron a tomar café. Mary le entregó unos documentos muy bien enrollados, escritos en papel de bajo gramaje.

            Al separarse, John zafó el tubo del sillín e introdujo el rollo de papel. Hecho eso, emprendió el regreso a su casa.

            Mary era una joven inglesa de unos treinta años. Trabajaba en las Salas de Guerra del Gabinete y tenía acceso a una parte de la documentación secreta ubicada en los archivos debajo del edificio del tesoro en Whitehall —Cabinet War Rooms—, donde funcionaba el despacho del primer ministro británico Winston Churchill. Los alemanes la habían reclutado mientras estudiaba historia del arte en 1942 en el Instituto de Historia del Arte de Florencia (Kunsthistorisches Institut). Aunque en Italia, el instituto estaba bajo control alemán y era crucial para el estudio del arte renacentista y clásico, si bien su enfoque estaba siendo manipulado por el nazismo.

            John pedaleaba con todas sus fuerzas, aunque el agotamiento comenzaba a minar su voluntad. Quería llegar lo antes posible para instalar los equipos de comunicación y enviar un mensaje cifrado al Servicio de Seguridad  Británico MI5.

            La información entregada por Mary, que supuestamente debía ir a manos de los alemanes, casi siempre era devuelta a los servicios británicos, por medio del oficial que lo dirigía, llamado Bill, y con quien se encontraba a menudo.

            Solo en contadas excepciones, y por indicaciones precisas, John entregaba las informaciones recibidas a un contacto de los Servicios de Inteligencia de las SS. Cuando esto sucedía era debido a un juego de los británicos para engañar o despistar a los alemanes.

            —Recibí Plan Operación Impensable.

            —Activar contacto con J24. Entregar documento —respondieron a las pocas horas.

            Ese plan contenía los detalles de un ataque preventivo de los Aliados occidentales contra las fuerzas soviéticas en Europa. Sería algo de especial interés para los alemanes. En manos de Hitler, algo  clave para usarlo como palanca política y tratar de negociar una paz separada con Occidente.

            Un error clave estaban cometiendo los alemanes en estas operaciones: Utilizar un segundo agente como enlace era riesgoso, pero no tenían condiciones seguras para que Mary lo hiciera directamente.

            John llegó al día siguiente, domingo 6 de mayo de 1945, a medianoche, al pub The Red Lion. Siempre pedaleando su apreciada BSA. Ocupó una mesa cerca de la barra e hizo contacto visual con J24, uno de los camareros (bar tenders) del lugar. Eso significaría que el martes 8 de mayo se encontrarían en un lugar previamente acordado para entregar la información.

            De madrugada regresó a casa, metió la bicicleta y se quedó dormido en el sofá de la sala. Pasó el día lunes y, el martes, en horas de la tarde, volvió a pedalear hasta el lugar del encuentro con J24. Los documentos iban bien resguardados en el tubo del sillín.

            J24 no se presentó en el lugar como previsto. El hizo un recorrido por la zona y pasada una hora volvió al mismo punto de encuentro. Tampoco llegó. Regresó a todo lo que daban sus cansadas piernas. Se comunicó con M15:

            —Encuentro fallido. No acudió —decía el mensaje cifrado.

            —J24 apresado. Bill también detenido, era traidor. La guerra ha terminado —respondieron.

            John apagó la radio. Acarició la bicicleta con sus dos manos y quedó absorto contemplando el crepúsculo que se veía desde el ventanal de la casa. Por mucho tiempo nadie se acordó de él, o mejor dicho, nadie se acordó más de él. Fue el eslabón de una cadena de figuras sin rostros, y sin sonido. Vivió en soledad hasta cinco años más tarde, cuando murió.

            El cementerio de Southwark, en Londresguarda los restos de gente humilde, pobres, olvidados, o no registrados. Allí, en uno de los pequeños montículos de tierra rojiza, se encuentra semienterrada una bicicleta antigua que aún conserva algunos rasgos de lo que fue su color amarillo gótico, y al lado una pequeña tarja de madera: John Q.E.P.D

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