La historia hecha jirones
Vi a mi amigo Julián cruzando en diagonal la plaza del barrio. Iba encorvado, con las manos hundidas en los bolsillos del gabán. A duras penas pude darle alcance. El banco donde nos sentamos miraba al este, desde donde nos llegaban unos débiles rayos de sol. Le pregunté por su salud; no podía creer que una persona aún joven tuviese que caminar con aquella dificultad. Respondió que no tenía ningún problema físico, sino espiritual. Me invitó a subir a su departamento. Al entrar, percibí un olor extraño, era una mezcla de ozono y tierra húmeda. Con la palma de mi mano sentí la humedad de las paredes. Se lo hice saber.
—Es así. Ya no sé qué hacer para resolver eso —me dijo—. No importa que tenga las ventanas selladas y con vidrios reforzados.
La atmósfera estaba pesada, casi sólida. Observé que gruesas gotas de agua caían desde el techo entablado con madera de algarrobo viejo.
—Todas las noches me ocurre algo terrible —comentó Julián—. Cuando me acuesto junto a Elena, siento una presión insoportable en los tímpanos y se me erizan los vellos de los brazos. Esto sucede un instante antes de que ella empiece a respirar con dificultad a mi lado, ya dormida, y su universo espiritual me encierra por completo. Intento romper ese muro con mi carne, abrazarla, pero siempre llego tarde. Antes que yo, Mateo ya se ha apoderado de ella.
—¿Y quién es Mateo? —le pregunté, sintiendo un escalofrío que recorría todo mi cuerpo.
—Como bien sabés, su difunto novio se suicidó hace unos tres años lanzándose por el balcón. Nosotros decidimos vivir en pareja hace apenas cuatro meses. Desde entonces mi vida se ha hecho un calvario. Al parecer, su ex novio, el difunto, está regresando para reclamar lo que era suyo. Anoche, por ejemplo, sentí claramente que éramos un trío encima de la cama. Había un peso extra sobre el colchón, lo que producía una vibración sorda y hacía crujir los resortes. No es una suposición, tengo la certeza absoluta de lo que te cuento. Ellos tienen relaciones sexuales. Son momentos donde el cuerpo de Elena queda entregado a él, retorcido sobre su propio eje. Recuerdo que sudaba frío. Alguien o algo invisible la estaba poseyendo, haciéndola gemir; no de dolor, sino de un placer ultrajante, divino y terrible. Sus largas piernas se estiraban, tensas, con los músculos vibrando al límite. Era como si estuviera cayendo, eternamente, desde lo alto de un edificio, con múltiples orgasmos, uno tras otro.
—¿Y cómo podías percatarte de que era él?
—No, yo no lo distinguía con los ojos, lo sentía en la mente. Lo imaginaba con el mismo rostro pálido y los ojos inyectados en sangre que tenía el día que se arrojó al vacío. Mateo la sujetaba de la cintura, arrastrándola con él, tratando de devorar su energía kármica en plena caída libre.
Julián cerró los ojos y prosiguió, con la voz apagada: Al despertar, cuando el sol apenas clareaba, Elena lloraba desconsoladamente. Pienso que lloraba de felicidad. Me acurruqué a su lado buscando un calor que ella ya no poseía. Con la piel marmórea y los labios hinchados, me dijo que había tenido un orgasmo esplendoroso; que su difunto novio estuvo a su lado, que la había tocado y que ella lo había besado. Pero que inmediatamente después, el éxtasis se había convertido en algo muy raro. Que tenía miedo. Un miedo cerval, porque sabía perfectamente que los muertos no regresan para visitar, sino para cobrar deudas.
Yo traté de recorrer toda la habitación con mi mirada. Mis piernas estaban temblorosas, y desde el fondo me llegaba un aroma a humo de palo santo.
Julián me dijo, además, que todas las noches se repetía la misma historia hecha jirones. Que el tiempo, para él, se había transformado en una vigilia dolorosa. El terror sobrenatural ya no se ocultaba en la penumbra de los sueños
—Te cuento algo más: Una mañana, mientras ella se cepillaba el cabello frente al espejo con movimientos mecánicos, yo ahogué un grito. En la blancura de sus hombros, allí donde él no había puesto las manos, florecían marcas amoratadas, huellas dactilares largas, delgadas, como grabadas a fuego en la piel. En sus tobillos, la carne estaba viva y roja, como si unas cadenas invisibles la hubieran suspendido en el aire. Yo le pregunté y ella bajó la cabeza mientras me hablaba.
—Él no se ha ido, Julián —me dijo en esa ocasión sin mirarme a los ojos. Su alma no cruzó. Está atrapada en el bardo, entre la muerte y el nacimiento. Nuestro hilo rojo no se cortó con el impacto. Solo se estiró.
—Mateo está muerto, Elena. Se mató —. Casi le grité, con la voz agrietada por la falta de sueño, y agarrándola de los brazos. Al tocarla, una descarga eléctrica me entumeció los dedos. El apartamento crujió. Una lámpara de la mesa de noche, estilo Tiffany, estalló en mil pedazos sin que nadie la tocara.
—No entiendes la rueda del Samsara —replicó ella, mostrando una sonrisa vacía que helaba la sangre—. Él no quiere asustarme. Quiere transmutar. Necesita mi energía vital para reencarnar. Pero no quiere nacer en otra matriz, en otro tiempo. Quiere que volvamos a empezar juntos. Desde el principio.
El horror espiritual se reveló entonces en toda su magnitud. No se trataba de un fantasma errante que asustaba en los rincones. Era una obsesión kármica, un lazo espiritual tan viciado y poderoso que desafiaba las leyes de la física y de la muerte. Mateo estaba usando el cuerpo y la sexualidad de Elena como un portal, un cordón umbilical místico para succionar su alma y arrastrarla al vacío.
Mientras Julián me hablaba, el aire del apartamento pareció congelarse. El olor a ozono se volvió tan espeso que empezó a rasparme la garganta. Miré hacia el pasillo que conducía a las habitaciones; estaba sumido en una oscuridad que parecía absorber la poca luz de la tarde.
—Julián... —susurré, sintiendo un presentimiento espantoso—. ¿Dónde está Elena ahora?
Él no respondió. Se limitó a abrir los ojos, pero ya no eran los ojos de mi amigo. Las pupilas estaban dilatadas, fijas en el techo de algarrobo. Sobre nuestras cabezas, el goteo cesó bruscamente. En su lugar, un crujido sordo recorrió las maderas, seguido por el sonido inequívoco de un cuerpo arrastrándose en el piso superior. Julián vivía en el último piso del edificio. Arriba solo estaba la azotea.
De repente, un jadeo ahogado provino de la habitación principal. Era Elena.
Julián se levantó como un autómata. Lo seguí, impulsado por un pavor hipnótico. Al cruzar el umbral del dormitorio, la escena me paralizó las piernas. Elena se retorcía sobre el colchón. Estaba arqueada en un ángulo casi imposible, que amenazaba con romperle las vértebras. Su ropa de dormir estaba desabotonada, empapada en sudor y embarrada de un bálsamo acuoso. Tenía los ojos abiertos, completamente blancos, vueltos hacia el revés, y sus extremidades vibraban con una tensión violenta. De pronto, todo volvió a la normalidad. Elena se relajó y quedó profundamente dormida.
Me despedí de Julián, con la promesa de volver al día siguiente con velas de cera de abeja, que pondría en cada una de las esquinas de la habitación, y con una herradura antigua y oxidada que clavaría en el marco de la puerta de entrada al dormitorio.
De madrugada Julián me llamó.
—Ya no es necesario que vengas —comentó. Elena se lanzó del balcón. El hilo rojo que los unía se tensó hasta romperse en el abismo, pero yo sigo atado a ella.