Renegar de la existencia
Me senté en el rincón del salón y pedí un jerez.
El menú entre mis manos vibraba levemente por el paso de un tren sobre nuestras cabezas. En las estanterías, las botellas de vino acumulaban una capa de polvo tan gruesa que tapaba las etiquetas, como si nadie las hubiera tocado en décadas. Las paredes se descascaraban en silencio. El lugar se sentía suspendido en el tiempo. Al principio, estaba extrañamente acogido. Luego, el ambiente empezó a cerrarse sobre mí.
En una mesa cercana, tres señoras almorzaban. Sus risas eran muy agudas, excesivamente fuertes. Hablaban al mismo tiempo. No se escuchaban entre ellas. Todas tomaban vino tinto, un líquido maduro y denso que manchaba sus dientes. Cuando una servilleta cayó al suelo, una moza apareció de la nada, como si hubiera salido de la pared. Traía una nueva. Se agachó. Le miré las piernas: pálidas, de un blanco enfermo, envueltas en medias opacas que no lograban ocultar unas venas azuladas y muy gruesas.
Volví a mirar al grupo. Una de ellas tenía labios deformes y una mandíbula inferior alargada. Masticaba con la boca abierta. Sus dientes no trituraban; se desplazaban en un plano recto, hacia adelante y hacia atrás, de forma mecánica, imitando el movimiento rígido de un serrucho. A su lado, la otra mujer tenía una boca diminuta. Parecía sufrir para abrirla un milímetro. Tenía el torso rígido, perfectamente recto, como si su espalda estuviera clavada a una varilla de metal oculta bajo su ropa. La tercera, esquelética, hablaba sin parar mientras la comida se le derramaba por la barbilla, ignorándolo por completo. Ninguna parpadeaba.
Inquieto, giré la cabeza hacia el otro lado. Un señor obeso comía solo, devorando un plato de pastas cubiertas de una salsa roja, espesa como la sangre. El sonido al deglutir era asfixiante. Las pastas largas y finas se escurrían por su glotis con un crujido húmedo. Una gota roja cayó sobre su camisa. El hombre soltó una maldición seca hacia el aire, mirando a la nada. Con un movimiento rápido, sacó los cuatro panes de la cesta y los colocó boca arriba sobre la madera, alineados perfectamente. Cuando el mesero se acercó, el gordo le susurró con los ojos desorbitados:
—Siempre hay que poner el pan boca arriba... si no, la Virgen llora.
El mesero sonrió. Una mueca vacía. No entendía, o quizás entendía demasiado bien.
Frente a mí, junto al vidrio empañado que daba a la calle, una pareja de jóvenes mantenía una discusión silenciosa. Sus labios se movían pero no emitían sonido. Ella sacó el teléfono, pero la pantalla estaba apagada; aun así, la miraba fijamente. Él comenzó a estrujar una servilleta de tela contra el botón superior de su chaqueta, una y otra vez, en un ciclo infinito. No se miraron. Parecían dos extraños atrapados en un mismo lazo.
Un frío repentino entró al local. Miré hacia la puerta. Una familia de tres adultos y cuatro niños acababa de entrar. Avanzaron sin hacer el menor ruido con sus zapatos y se sentaron justo detrás de mí. Pude sentir sus miradas clavadas en mi nuca. El silencio en el restaurante se volvió total. Ya no había risas, ni ruidos de masticación, ni discusiones. Todos me miraban.
Mi jerez se había terminado. El mozo apareció a mi lado instantáneamente. Su piel se sentía helada. Le pedí la cuenta del trago, desesperado por salir.
—Va por la casa —susurró, con la misma sonrisa congelada.
Salí de allí de un tirón, con el corazón galopando en el pecho. Al cruzar la puerta, el aire de la calle me golpeó el rostro. El ruido de los autos y de la gente real me envolvió. Caminé dos cuadras sin mirar atrás, obligándome a respirar hondo. Entré a una cafetería moderna, brillante y vacía, buscando desesperadamente convencerme de que los nervios me habían jugado una mala pasada.
He sido el único cliente aquí durante horas, golpeando las teclas de mi computadora para calmar el temblor de mis manos.
Hace un minuto se me cayó la servilleta al suelo. Cuando me agaché a recogerla, el cuerpo se me congeló por completo. Por debajo de la mesa de madera, vi las piernas de la moza de este nuevo lugar. Pálidas. De un blanco enfermo. Con unas venas azuladas y deformes que suben por su piel.
Aterrado, levanté la mirada hacia el gran ventanal que da a la calle. Afuera, escondiéndose detrás de un tacho de basura, están ellos. Las tres mujeres, el hombre obeso con la camisa manchada de rojo y la pareja de jóvenes. Todos están allí, amontonados en la vereda. No parpadean. Me miran fijamente a través del vidrio.
Y en el reflejo del ventanal, acabo de ver que la familia que se sentó detrás de mí en el otro local, está sentada justo ahora a mi espalda. No escuché la puerta abrirse. Ninguno hace ruido.
El mesero se acercó a mi mesa con un paso rígido, mecánico. Traía una cesta. Colocó cuatro panes sobre mi mesa y, con una sonrisa congelada que le deformaba el rostro, me susurró al oído:
—Siempre hay que poner el pan boca arriba... si no, la Virgen llora.