Dónde el tiempo se deshace

1.     Donde el tiempo se deshace

A finales del siglo XIX, en el suroeste antioqueño, a unos seiscientos kilómetros de la costa caribeña, Mario subía la cuesta hacia los cafetales heredados de su tío.

            Caminaba con un canasto en la cintura y el sudor corriendo por su frente. El paso era lento tras un almuerzo excesivo. Habría dado cualquier cosa por una siesta, pero los cafetales no esperaban y la lluvia anunciaba una llegada temprana ese año.

            De pronto se topó con Juana, “la renga”, que bajaba la loma. Era una mujer mística, vecina del caserío del valle, a la que no veía hacía más de un año. Mario se detuvo, tieso como un poste de guayacán. Recordó los chismes de la aldea: decían que Juana había huido harta de las burlas por su andar errático, buscando caminos más llanos para sus piernas chuecas y cansadas.

            Cuando ella se acercó, él casi se desmaya. Juana no parecía la misma. Ya no vestía sus ropas raídas de siempre; llevaba un chal de seda de un azul eléctrico que contrastaba con el ocre del sendero. Su cojera ya no parecía un defecto, sino un ritmo propio; una danza asimétrica que dominaba con la cabeza en alto. A Mario le pareció incluso elegante.

            —¡Juana! —exclamó Mario, quitándose el sombrero por instinto—. Pensaba que se la había tragado la tierra.

            Ella se detuvo y lo miró de arriba abajo. Sonrió mostrando su antiguo diente de oro, que brillaba más que de costumbre.

            —El monte no traga lo que no le pertenece, vecino Mario. Yo soy de los océanos y de Yemayá —respondió ella con voz espumosa y sardónica—. ¿Pensaron que me había muerto?

            —Se dijeron muchas cosas, doña Juana. Bienvenido sea su regreso.

            —Una madrugada, mientras todos roncaban, agarré mis cosas y me mandé a mudar porque así me lo pedía el pecho —dijo ella, clavando la mirada en el horizonte—. Crucé todo el valle apuntando hacia la costa para buscar a mi sangre, a ese hijo mío que decían que el mar me había robado. Algo interior me hablaba a diario; mi viejo reloj me decía que el muchacho estaba vivo.

            —¿Y lo encontró? —preguntó Mario, intrigado.

            —Sí. Consiguió trabajo en un taller de relojería en la costa. Allí me quedé con él este tiempo. He aprendido a arreglar engranajes diminutos, vecino; descubrí la precisión de mis manos y las increíbles fuerzas ocultas del universo.

            —¿Anduvo todo ese camino por eso? ¿Y para qué ha regresado entonces?

            —He venido a cerrar mi casa de manera más firme y a llevarme algunos objetos preciados —anunció, señalando la vieja cabaña en la parte baja—. Tampoco me voy a esconder, saludaré a algunos, pero regresaré lo antes posible. Mi hijo me espera; son muchos relojes apuntando al mar con sus manecillas de precisión, luchando por la eternidad de la vida. ¿Por qué no viene conmigo, Mario? Voy a necesitar ayuda.

            Él aceptó, movido por una curiosidad que rozaba la indiscreción. Al llegar a la cabaña, Juana le hizo un gesto para que la ayudara a empujar la pesada tranca. La madera, castigada por el sol y la humedad de la montaña, crujió como una queja. Al entrar, el olor a encierro y a lavanda seca los golpeó de frente.

            En el centro de la habitación principal, donde siempre hubo una mesa desvencijada, se alzaba algo cubierto por una lona gris, acariciada por el polvo y las telarañas. Juana se acercó y, de un tirón, reveló el objeto.

            Era un reloj de pie, pero de una complejidad aterradora; una pieza de ingeniería marina antigua. No marcaba las horas comunes. Tenía tres esferas diferentes: una para la marea, otra para las fases lunares y una tercera, con números en un idioma indescifrable, cuyas agujas giraban en sentido contrario.

            —Esta es la razón principal de mi viaje —susurró Juana, acariciando el metal frío—. Mi hijo no solo arregla relojes, vecino. Él entiende el tiempo, el espacio y los universos. Este reloj es sagrado para conectarnos con el cosmos.

            —¿Por qué lo dejó aquí si es tan valioso? —preguntó Mario.

            Ella lo miró con una seriedad que le heló la sangre.

            —Porque para que funcione, necesita algo que solo crece en esta zona: el silencio absoluto que baja desde las montañas. ¿No lo siente?

            Él se quedó inmóvil. Al principio solo escuchó el viento tenue que hacía crujir las tejas. Pero al poco tiempo, un tic-tac profundo comenzó a retumbar como un latido subterráneo. No venía del aparato; venía de todas partes, de manera armónica e impactante.

            —Este reloj me indicó la ruta para encontrar a mi hijo —continuó Juana—. Me lo encontré hace años, enterrado al pie de un arbusto en el patio trasero. Ojalá pudiera llevarlo conmigo, pero no funcionaría en el mar. Si me deja a solas con él por un momento se lo agradecería, Mario. Quiero saber qué se avecina.

            —Sí, Juana, salgo a tomar un poco de aire.

            Mario salió al patio, donde los perros de los alrededores ladraban sin descanso. La intriga lo invadía mientras el cielo comenzaba a nublarse rápidamente.

            —Debe apurarse para su regreso, Juana —advirtió él desde afuera—. Se acerca una tormenta.

            Un silencio oscuro, frío y cargado de temor cayó sobre el lugar. Juana se asomó a la puerta, pálida.

            —El reloj me ha confesado una cosa terrible —dijo.

            Sacó de su bolso una llave de plata y se la extendió. Sus manos, antes nudosas y torpes, se ponían en movimiento con la elegancia de una cirujana.

            —¿Por qué la llave? ¿Qué le ha dicho el reloj? —quiso saber él, pero ella mantuvo el secreto.

            Mario apretó la pieza de metal hasta que los bordes le calaron la piel. Bajo sus pies, la montaña parecía rugir. El miedo se fue apoderando de su cuerpo.

            —Me ayudaste hoy, Mario —añadió Juana—. Además, recuerdo que fuiste el único que no se reía cuando mi paso fallaba. Toma la llave, pero no la uses para abrir nada; conservala solo como un recordatorio. Si en algún momento ves el símbolo de un ojo en ella, deja todo atrás y corre. Corre en dirección a la costa. Allí el mar ya no nos debe nada, y otros relojes nos esperan junto a las Moiras, que ya están tensando el hilo del tiempo que se agota.

            Mario no lograba asimilar lo que escuchaba. Juana se marchó apurada, sin alcanzar a saludar al resto de los vecinos. La mula iba cargada con objetos aparentemente inservibles, pero muy preciados para ella.

            A los pocos días, Mario sintió un leve sonido en su bolsillo. Al sacar la llave, vio con horror que un ojo de plata parpadeaba en la superficie. Pasadas unas horas que parecieron interminables, una avalancha monumental descendió de las cumbres y sepultó el caserío.

            Mario ya había emprendido la huida. El pueblito quedó enterrado casi por completo. Observando el desastre desde lejos, mientras las laderas seguían moviéndose a un ritmo escalofriante, corrió con todas las fuerzas que le daban sus piernas delgadas y huesudas. Estuvo escapando toda la noche, casi sin aliento.

            Al llegar finalmente a la costa, lo primero que divisó fue a la mula vieja de Juana. El animal estaba seco; era una osamenta antigua que parecía llevar siglos tendida sobre la arena. Desconectado, buscó a su alrededor, pero no había rastro de vida. Solo encontró una casucha semidestruida.

            Al entrar, descubrió que las paredes y el techo estaban completamente cubiertos por cientos de relojes de arena y de agujas finas. En la mesa central descansaba una nota:

            “Llegas tarde, Mario. Aquí el tiempo no se mide, se deshace. No nos busques en el espacio. Buscanos en el tic-tac de tu propia sangre al circular por tu cuerpo”.

            Mario salió al exterior y quedó estupefacto por segunda vez. El mar no golpeaba la costa; parecía estarse retirando en silencio. Mientras tanto, el cielo se tiñó de un azul eléctrico idéntico al vestido de Juana.

            “Aquí el tiempo no se cuenta en horas, sino en mareas”, pensó Mario.         Comprendió entonces que Juana y su hijo se habían marchado para dar cuerda a lo eterno. Reflexionó tranquilamente mientras observaba el horizonte, dejándose caer sobre las piedras de la orilla que luchaban, inútilmente, por vencer a la fuerza de gravedad.

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