Kofi: La memoria de dos mundos

El jardinero no alcanzó a cruzar el umbral de la puerta trasera. Su camisa, una segunda piel de sal y fatiga, se pegaba al cuerpo bajo un sol que no solo calentaba, sino que hería. Buscó refugio en el quicio del patio, bajo la sombra que proyectaba el alero de tejas francesas.

            Allí, de un solo aliento, bebió más de medio litro de agua helada.

            Kasinda se sentó a su lado y, con un gesto suave, le retiró el vaso de las manos. Los unía la misma raíz africana y un silencio espeso, de esos que dicen más que las palabras.

            De pronto, un sollozo trizó la calma: ella lloraba. Kamba la rodeó con el brazo, atrayéndola hacia su hombro, y le susurró al oído un secreto que solo ellos, y el aire del patio, alcanzaron a escuchar.

            Kasinda estaba embarazada. El romance había florecido apenas unos días después de que él llegara a trabajar a la hacienda, un mes atrás.

            Los dueños de la casa eran Augusto Brunet, un asturiano de rancio abolengo, y su esposa Idaira, de ascendencia guanche. Ambos habían desembarcado en Cuba siendo jóvenes, siguiendo la estela de sus padres.

            El progenitor de Augusto había sido un magnate del azúcar, dueño del central Valle de los Ingenios, en Trinidad. Al morir, él heredó las tierras y la casona donde ahora residía con su esposa.

            El matrimonio no había logrado tener hijos, debido a un problema de la mujer. Aunque se trató de un viejo anhelo no alcanzado, su vida transcurría en una paz aparente y feliz.

            Eran los días de 1945, cuando Cuba lidiaba con los ajustes de la posguerra y la sombra de la corrupción caminaba de la mano con la pobreza.

            A él, el mundillo de la hacienda,  lo apodaban «El Quijote», el de La Mancha, pero no por el simbolismo de Cervantes, cuando se refería a La Mancha como  “tierra común, seca, y olvidada”, sino  por una mancha oscura que circundaba un ojo de Augusto, de origen genético, y que, con los años, se volvió más severa. Por extensión, a Idaira la llamaban «Dulcinea».

            Kasinda, recién llegada al servicio doméstico, había emigrado de Angola siendo una niña, cargando en la espalda las cicatrices del maltrato y el rigor de una servidumbre temprana. Pese al dolor antiguo, poseía una ternura radiante, facciones esculpidas y una sonrisa de marfil que encendía su rostro de ébano.

            Kamba había nacido en Cuba. Su bisabuelo paterno, angolano,  había llegado al país en 1867, con el arribo del último barco negrero.

            —Kasinda, tengo algo que decirte —soltó Kamba con gravedad—. Estaba junto al tronco del almácigo cuando vi un retazo colorado. Escarbé un poco y ahí estaba: una muñeca de trapo con su collar de semillas amarillas. Santería pura.

            La miró fijamente, buscando su alma.

            En Cuba la práctica del sincretismo católico con la religión yoruba se había expandido por la mayor parte del territorio.

            —¿Fuiste tú, negra?

            —Sí, Kamba —admitió ella con la voz quebrada—. La enterré la semana pasada. No quiero cargar con esta criatura, no voy a tenerla.

            —¡Ni lo pienses! —replicó él con firmeza—. No lo permito. Es nuestra sangre. Tenías que haber hablado conmigo mujer. Si por esto no podemos seguir en esta casona, alzamos los trapos y nos vamos a otro lao. Yo mismo te levanto una choza de barro y palma. Ya verás que seremos felices con lo nuestro.

            Kasinda se deshizo en llanto, se secó el rostro con el delantal y se refugió en la penumbra de la casa, mientras él regresaba a la intemperie del jardín.

            Pasaron las semanas y la angustia creció al ritmo de su vientre. Los patrones estaban por regresar de un viaje a España y Kasinda temía el juicio que estos harían.         Al llegar, no notaron el cambio de inmediato, pero el tiempo es un delator implacable.

            Idaira se mostraba inquieta, errática, mientras Augusto se hundía en un silencio estéril.

            Al final, el presagio de Kamba se cumplió: los despidieron.

            Sin más fortuna que la fuerza de sus manos, se marcharon. Levantaron un refugio humilde de tablas de palma y adobe. El destino quiso que el parto fuera prematuro y violento; Kasinda estuvo a punto de perderse en las sombras. El propio Kamba ofició de partero en aquella urgencia.

            El niño nació un viernes. Siguiendo la tradición de sus ancestros, lo llamaron Kofi. Con poco más de dos años, el pequeño continuaba llamando la atención en la comarca: tenía la piel achocolatada y una mancha negruzca alrededor de uno de sus ojos; una marca que pareció guardar, en silencio, la memoria de dos mundos.

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