El fusilamiento del traidor

1.     El fusilamiento del traidor

Estaba amaneciendo y las montañas lloraban el rocío acumulado. Se sentía un fuerte olor a tierra húmeda, acariciado por una suave brisa que soplaba de norte a sur, en dirección a los valles.

            Toda la noche estuvo lloviendo. Las camisas de los soldados estaban mojadas, y las botas untadas  de un pegajoso barro negro.

             El alto mando paramilitar ultimaba los preparativos para un ataque al poblado de Loma Triste, a unos diez kilómetros de allí. Un lugar de apenas unos seiscientos habitantes, donde existía una importante base de operaciones insurrectos, pertenecientes a un llamado movimiento de liberación nacional.

            Los soldados limpiaban sus fusiles aquella mañana . Algunos caminaban nerviosos con la cabeza baja, esperando que llamaran para desayunar.

            En un establo viejo, ubicado en una de las laderas, hacían el café de la mañana. El humo de los leños, encendidos sobre piedras, subía despacio hasta el techo, con un aroma estimulante. Era café cosechado en la zona. Buen café.

            —¡Soldado Wilson! —tronó la voz del comandante, grave como una tuba.
            —¡Ya voy, comandante!

            Wilson sintió que la orden le mordía un costado. Tomó el fusil y caminó apresurado hacia el refugio techado con guano de palma, donde lo esperaba el jefe, sentado en un taburete con el cuero roto por las esquinas.

            Tenía los brazos apoyados sobre un escritorio improvisado: un grueso tronco de roble, cubierto con papeles llenos de anotaciones.

            Su pie derecho golpeaba suavemente el piso, de manera constante. Su mirada era pétrea y penetrante. Un jarro de café humeaba entre sus manos.
            —¿Ya tomó café, soldado?
            —No, comandante, solo estoy sintiendo el olorcito que me ayuda a despertar. La noche estuvo dura, mi jefe.
            —Bueno, vaya y tome un poco de café. Luego regrese bien despierto: tengo una tarea muy importante para usted.

            A los pocos minutos Wilson estaba de vuelta. Su mente no paraba, intentando adivinar para qué lo había llamado el comandante.
            —Siéntese soldado. Acomódese aquí, más cerca.

            Wilson se sentó sobre un palo curvo tirado al costado del jefe. Estaba expectante.
            —Usted ha sido elegido para fusilar al teniente Garrido. ¿Lo conoce?

            Así, de boca de jarro, fueron las indicaciones del comandante Braulio. Tipo sin escrúpulos, quien llevaba sobre sus espaldas  la muerte de más de ochenta guajiros de la zona. Era el jefe de una banda paramilitar, que operaba desde más de dos años en aquellos territorios, donde insurrectos revolucionarios habían aumentado sus fuerzas y operaciones contra el gobierno de turno.
            —¿Se refiere al teniente Carlos Garrido? —preguntó Wilson.
            —El mismo.
            —Lo conozco muy bien, comandante. Venimos del mismo caserío.

            Un nudo apretó su garganta. Apenas podía articular palabras.

            Garrido y Wilson habían ingresado a la tropa paramilitar casi al mismo tiempo. Eran campesinos humildes, que estaban interesados en llevar algunos pesos para el bienestar de su familia.

            —Ha cometido un delito que solo se paga con la muerte —dijo el comandante. Anoche el tribunal de guerra decidió que hoy mismo, a más tardar, debe ejecutarse la orden. Y el tribunal también decidió que sea usted quien lo haga.

            Wilson bajó la cabeza a más no poder y se acomodó la gorra verde olivo con un rombo rojo en la frente.
            —Mire comandante, le confieso que es la peor noticia que he recibido desde que lo acompaño en estas montañas. Pero bien, dígame qué debo hacer.

            Wilson comenzó a sudar copiosamente. Con dedos que no encontraban la manera de ubicar los ojales, abotonó la camisa hasta arriba.

            En sus pensamientos encrespados como nido de espinas, maldijo el día en que se enroló con ese grupo de paramilitares.

            Estaba aturdido. Reaccionó cuando volvió a escuchar la voz del jefe:

            —¿Qué debe hacer me pregunta? Lo mismo que se hace siempre en estos casos, soldado. Diríjase al punto cero: allí encontrará al detenido, custodiado por el soldado Francisco. Él se quedará allí para verificar la muerte de Garrido.
            —Vaya de una, rápido. Quiero sentir el disparo.

            Wilson salió perturbado. No habló con nadie sobre  la orden recibida. Fue hasta su hamaca, colgada de un garrobo cercano, y sacó de su mochila una caja de cigarrillos. Después caminó lentamente hacia el punto cero, con la cabeza gacha. Eran unos doscientos metros de distancia.

            En su mente desfilaban recuerdos juveniles: cuando compartía con Garrido en el caserío. Lo recordaba de pantalones cortos y sin zapatos, corriendo detrás de la pelota en el campito. Juntos habían asistido a la escuela primaria, juntos acudían los fines de semana a la iglesia de El Retiro, en el valle antioqueño. Eran amigos.

            —“Por qué me habrán seleccionado a mí, si el comandante conocía que éramos amigos? ¿Qué habrá detrás de esa decisión? ¿Sospecharán de mí?”—todas esas preguntan le venían a la mente.

            Iba dispuesto a hacer cualquier cosa, menos cumplir la orden de fusilamiento.

            Al llegar, se quedó paralizado. Garrido estaba atado a un árbol con una cuerda al pecho. Tenía una mordaza, los pantalones hechos jirones y manchados de sangre. Estaba descalzo, con la cabeza caída sobre el pecho. Parecía un Cristo.

            Muy cerca vigilaba Francisco, a quien Wilson no le dio tiempo de reaccionar: lo sorprendió por detrás, le cruzó un brazo al cuello y lo tiró al suelo. El fusil de Francisco rodó hasta quedar a unos dos metros. Le ató los pies con unos bejucos de higuerón que encontró a mano. Luego, sin perder tiempo, desató a Garrido. Levantó el fusil y disparó hacia arriba. Los pájaros salieron en desbandada.

            En el puesto de mando, el comandante bajó la cabeza al escuchar el disparo. Tomó un trago de aguardiente: para él, la ejecución estaba cumplida. Salió al exterior del tinglado a esperar el regreso de sus hombres.

            Mientras tanto, Wilson y Garrido ya se habían internado casi medio kilómetro en la inmensa estepa verde, en dirección a la costa. No había camino: el monte era tupido, a ratos rodaban por la tierra mojada, otras veces avanzaban despacio, aferrándose a las ramas.

            Los fusiles torcidos sobre la espalda. Garrido llevaba el que habían recuperado de Francisco. La lluvia del día anterior había dejado un rastro de barro y humedad. Las heridas en las piernas de Garrido, sumadas a los golpes recibidos, hacían la huida más difícil.

            Wilson agarraba a su amigo por el brazo. Tropezaban. Caían. Se reincorporaban. El fusil estorbaba a Garrido, y Wilson decidió echarse ambos sobre sus hombros.

            Avanzaban despacio, pero sin detenerse. Garrido intento sujetarse de un arbusto y era espinoso. Se hirió. Wilson lo vendó con una tira de su camisa.

            Bajaron por una colina empedrada, era un pequeño tramo al descubierto, fincando sus brazos sobre el terreno. Rodaron. Al llegar abajo los esperaba un riachuelo crecido. Intentaron pasar caminando. Se cayeron y la corriente golpeo sus cuerpos, para después arrastrarlos unos metros.  Perdieron los fisiles, llevados por la fuerza del agua. Con mucha dificultad cruzaron al otro lado y subieron hasta donde el bosque de nuevo se abría, para cerrarse a pocos pasos. Estaban exhaustos.

            La noche cayó como un manto negro, sin luna, sin estrellas. Vencidos por el cansancio se desplomaron en medio del monte.

            Cerca de la medianoche, el lomerío retumbó: primero una ráfaga de disparos, luego otra, y otra más. Todas con la misma cadencia, el mismo calibre. Al poco rato, dos disparos secos y ensordecedores.

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