La mujer marroquí
1. La mujer marroquí
Pude verla descender del auto. Un destartalado Volkswagen Escarabajo, modelo antiguo, color oro deslucido. El conductor, un joven de rasgos asiáticos, inmutable, permaneció al volante, en una actitud de paciente espera.
Ella cruzó la calle en diagonal y entró en el bar, esbelta, con elegancia felina. Llevaba una cartera de piel de serpiente que hacía juego con el impoluto blanco de su vestido estrecho, ceñido a la cintura y de un largo que superaba las rodillas. El tono anacarado de su piel resplandeció, filtrándose entre la pesada cortina de humo del tabaco, el sudor, el vaho del alcohol y la sofocante respiración colectiva del lugar. Ya pasaba la medianoche.
Yo estaba sentado en una mesa arrinconada junto a los ventanales que daban a la calle, el punto exacto desde donde la esperaba. Jamás la había tenido de frente, en persona. Era, sin duda, una mujer de una belleza perturbadora.
—¿Es usted el mercader?
—No soy el mercader, pero sí algo muy parecido —respondí—, mi voz apenas un murmullo.
Me incorporé y la invité a tomar asiento. Le ofrecí una copa de champagne Veuve Clicquot, el mismo que yo bebía momentos antes de su llegada, sintiendo aún las burbujas estallar en mi garganta.
—Gracias por esperarme. Me demoré unos minutos debido al caótico tránsito de la ciudad. No calculé bien los tiempos.
—Lo importante es que ya estamos aquí —le dije, con asentimiento.
Hablamos de su país, Marruecos. De la Generación Z y sus demandas por mayores reformas democráticas y justicia social; también del Makhzen, y recordamos las acciones del Movimiento 20 de febrero en 2011, inspirado por la Primavera Árabe. Sus ojos brillaban con una intensidad fría al hablar de política.
Pasados unos veinte o treinta minutos, abrió la cartera y extrajo un pequeño sobre blanquecino que me entregó. Lo tomé y guardé en el bolsillo interior de mi chaqueta. Más adelante nos despedimos. La vi salir del local. El conductor se bajó para abrir la puerta. En ese instante, pasó otro auto con tres pasajeros. Se detuvo a su lado, apuntaron a sus cuerpos y ráfagas de ametralladora los segaron, dejándolos tendidos en el piso.
La escena fue un fogonazo de violencia surrealista. Pagué la cuenta con manos temblorosas y desaparecí de la zona. Caminaba sin rumbo fijo. Lo sucedido no estaba entre mis planes. Me detuve en una esquina para leer el documento que me había entregado la mujer y retener el mensaje en mi mente para después destruir el papel. Me sorprendí al percatarme de que el supuesto documento estaba en blanco, sin contenido.
—«¿Será que está escrito con tinta invisible?», me pregunté, con el corazón acelerado.
Estaba desorientado. No tenía manera de consultar con la jefatura de comando. Estrujé el papel y lo tiré a un tacho de basura. Se oía el sonido de las sirenas de la policía, ambulancias y cuerpo de bomberos, acercándose rápidamente.
Marrakech comenzaba a despertar con sus ruidos habituales. Un auto se detuvo a mi lado, con dos pasajeros. Bajaron la ventanilla:
—¿Usted es el mercader? —preguntaron con voces neutras.
—No soy el mercader, pero sí algo muy parecido —respondí, repitiendo el mantra.
Me invitaron a subir. Ahora estoy aquí, encerrado entre cuatro paredes. Llevo más de veinticuatro horas en la celda, en un lugar que desconozco. Anoche no pude pegar los ojos. Me alcanzaron una bandeja de comida por una pequeña ventanilla de hierro. Incomible. La descarté. Me tiré al piso frío y observé en lo alto una pequeña ventana enrejada, por donde entraba un tenue rayo de luz. Me quedé dormido y un estruendo en la puerta me despertó.
Me llamaron para interrogarme. Una mesa de madera rústica. Local con paredes pintadas de blanco, todo blanco, el piso también de color blanco. Un blanco cegador, casi clínico. Me mostraron fotos de mis hijos y de mi esposa. Hicieron pocas preguntas. Yo permanecí casi inmóvil, aunque por dentro sentí cómo se desmoronaba mi armadura; el sudor frío de la nuca no era por mi destino, sino por la fragilidad de esas imágenes sobre la mesa.
No sé quiénes me tienen aquí retenido.
Ese mismo día, en horas de la noche, me montaron a un vehículo, y me llevaron vendado hasta cerca de Oujda. No pude reconocer a las personas.
—«¿Serán los mismos que me recogieron en la ciudad?».
Me hicieron bajar del automóvil con trato amable, casi protocolario, y me señalaron un pasaje oscuro y enyerbado.
— Camine y no mire atrás —susurró uno de ellos.
Caminé más de tres horas por un sendero estrecho y pedregoso. Cada crujido de las ramas bajo mis pies me parecía el percutor de un arma. La libertad se sentía como una trampa: el papel en blanco seguía quemando en mi memoria y las fotos de mi familia eran ahora la única brújula de mi miedo. Al fin, crucé la frontera con Argelia. Me detuve a respirar, sintiendo el rocío de la madrugada en mi rostro, sabiendo que aunque había escapado de las paredes blancas, mi verdadera prisión acababa de comenzar.